Tras cuatro años de un conflicto que ha diezmado sus filas, el Kremlin ha desplazado su estrategia de reclutamiento hacia los campus universitarios. Luego de agotar las levas masivas de presos —muchos de los cuales regresaron a delinquir tras recibir indultos— y de presionar a inmigrantes con la pérdida de la ciudadanía, el objetivo ahora son los estudiantes "bochados" o con calificaciones deficientes.
Organizaciones de derechos humanos como el Centro Memorial y medios independientes como The Moscow Times denuncian que las autoridades universitarias están actuando como agentes del ejército. En universidades de élite como la Bauman de Moscú o la Federal del Lejano Oriente, se han establecido cuotas de alumnos que cada institución debe proporcionar para las "fuerzas de drones". La lógica del mando militar es cínica: buscan jóvenes por su destreza innata con teléfonos celulares y dispositivos digitales, herramientas clave para la guerra moderna.
"Cobardes" o soldados: la presión de los rectores
El clima de hostigamiento ha quedado registrado en videos viralizados desde ciudades como Novosibirsk, en Siberia. Allí, rectores y autoridades académicas reprenden a los estudiantes en asambleas organizadas por el ejército, tildándolos de "cobardes" por no aceptar contratos que ofrecen salarios de hasta 80.000 dólares anuales. Sin embargo, la verdadera presión ocurre en los despachos: a los alumnos suspendidos se les ofrece suspender su expulsión a cambio de una "licencia académica" para ir al frente de batalla.
Para activistas como Tamilla Imanova, el gobierno está utilizando la educación gratuita —un privilegio que en Rusia depende de mantener promedios altos— como una moneda de cambio para la vida de los jóvenes. "Te vamos a expulsar si no firmas", es el argumento recurrente de los reclutadores que recorren más de 200 centros de enseñanza superior en todo el país.
El frente tecnológico y la vulnerabilidad docente
La campaña no se limita solo a quienes reprueban exámenes. En universidades prestigiosas como la Lomonósov, se exige a los alumnos asistir a centros de entrenamiento bajo amenaza de no entregarles sus diplomas. Incluso los profesores han entrado en el radar estatal: en regiones como Murmansk, los docentes son enviados obligatoriamente a cursos de pilotaje de drones, aprovechando su dependencia salarial del Estado.
Esta táctica revela que, para Vladimir Putin, la continuidad de la ofensiva en Ucrania prima sobre el futuro académico de una generación. Al convertir las aulas en centros de reclutamiento, Rusia no solo busca paliar las bajas en el frente, sino que institucionaliza el uso de sus ciudadanos más jóvenes y formados como piezas de recambio en una guerra tecnológica que no parece tener fin.