Juan Carlos Díaz, empleado municipal, convirtió un viaje rutinario en una carrera contrarreloj hacia el hospital para ayudar a una pequeña que convulsionaba. Su rápida acción y la colaboración de su esposa marcaron la diferencia.
En la ciudad de Monte Quemado, la labor silenciosa de muchos trabajadores municipales sostiene la vida cotidiana de las comunidades rurales. Uno de ellos es Juan Carlos Díaz, chófer y repartidor de agua desde hace más de 11 años, cuya vocación de servicio lo llevó a protagonizar una historia que aún hoy lo conmueve.
Empleado municipal, Díaz recorre a diario caminos del interior, incluso los más difíciles, llevando agua a las familias y cumpliendo tareas de asistencia en emergencias. “Hace 11 años que trabajo en el reparto de agua, también manejando otros vehículos oficiales para asistencias y traslados. Anécdotas tengo muchas, pero hay una que me marcó para siempre”, relató.
El hecho ocurrió en la zona de Ifia, durante un operativo nocturno de distribución. Era cerca de la medianoche y, tras una extensa jornada, Díaz tenía un último viaje por delante. Cansado, llamó a su esposa para que lo acompañara con unos mates. Aunque ella tenía sueño, aceptó acompañarlo.
Al llegar a una vivienda para descargar agua, escucharon gritos desesperados. Una joven salió corriendo con su bebé en brazos, convulsionando. Sin dudarlo, la esposa de Díaz tomó a la bebé y ambos la subieron al camión junto al padre de la niña. Díaz condujo “modo ambulancia” hasta el hospital.
Durante el trayecto, la mujer hizo todo lo posible para mantener a la pequeña con vida: frotándole la espalda y manteniendo la respiración hasta llegar. Finalmente, los médicos lograron estabilizar a la bebé, quien con el tiempo se recuperó completamente.
“Hoy está bien, ya grande. Fue el destino, fue Dios que me dijo que volviera… no sé, pero eso me marcó para siempre. Cómo un momento puede cambiarte la vida para bien o para mal”, reflexionó Díaz.