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Agostina Páez, 89 días que la definen

12/04/2026

Este domingo 12 de abril se cumplen 89 días, contando de manera inclusiva desde el 14 de enero de 2026, cuando quedó retenida en Brasil tras el episodio que derivó en la causa por injuria racial.

Escándalo, victimización y relato en cuotas

Por Xavier María Ferrera Peña

Agostina Páez lleva 89 días instalada en el escándalo.

Ochenta y nueve días desde aquel 14 de enero en Río de Janeiro, cuando lo que parecía una discusión más en un bar de Ipanema se transformó en una causa penal por injuria racial, con denuncia, video, repercusión internacional, restricciones judiciales y una permanencia forzada en Brasil que recién empezó a destrabarse a fines de marzo. Este domingo 12 de abril, ese recorrido completa exactamente 89 días si se cuenta desde el día del hecho.

Pero el dato más fuerte no es el número. El dato más fuerte es lo que hizo con ese tiempo.

Porque en casi tres meses Agostina Páez no logró construir una asunción limpia de lo ocurrido. Construyó otra cosa: una narrativa de daño propio. Un relato en el que el centro ya no parece ser el acto que originó la causa, sino el sufrimiento que ella dice haber atravesado después. Y ahí es donde el caso deja de ser solo judicial para volverse también moral, mediático y hasta estético: la puesta en escena del arrepentimiento empezó a pesar más que el arrepentimiento mismo.

Hay una frase que la hunde sola: haber hablado de las “supuestas víctimas” al referirse a quienes la denunciaron. Esa expresión, difundida tras la audiencia en Río, no es un desliz menor. Es una definición. Porque quien pide perdón, pero al mismo tiempo relativiza la condición de quienes quedaron del otro lado, no está reparando; está regateando. Está ofreciendo una disculpa con cláusula. Está buscando los beneficios simbólicos del arrepentimiento sin entregarles a los otros el lugar moral que ese arrepentimiento exige.

Porque, además, no existe denuncia o contradenuncia alguna por parte de Agostina Páez a los supuestos agresores que se llevaron las manos a los genitales por delitos tales como el de Ato Obsceno, previsto en el artículo 233 del Código Penal del vecino país. Y todo lo que en un proceso judicial no es incorporado queda en el terreno de las especulaciones de las miradas públicas. Que nada saben de derecho desde la expertología en la cumbre del chusmerío. Sí, parece. Sí, se ve. Me parece que no. Sin peritos, sin derecho a defensa de los acusados, sin fiscales y sin más sentencia que la de una influencer y a quienes pueda convencer.

No hay sinceridad plena en un perdón que todavía discute a sus destinatarios. Y no fue la única vez que el lenguaje la traicionó. También quedó expuesta cuando, al cruzarse con Eduardo Feinmann, desplazó el eje del hecho al modo en que se la nombra. El reproche fue textual y brutalmente revelador: “Vos sos el que me mata diciéndome racista”. Ahí apareció una lógica vieja, pero inconfundible: no enfrentar a fondo lo que se le reprocha, sino cargar contra quien lo verbaliza. El problema ya no sería el gesto, la denuncia ni la gravedad del episodio, sino el periodista que lo pone en palabras. Es la vieja criminalización del cartero. Como si el escándalo naciera del que lo cuenta y no de lo que pasó. Ese reflejo no la suaviza. La empeora. Porque da la impresión de que le duele más
la palabra “racista” que el acto que la volvió inevitable en el debate público. Y cuando alguien se indigna más por la nominación que por el hecho, ya no está asumiendo: está litigando el lenguaje. Está intentando que el problema no sea lo que hizo, sino cómo se lo dicen. A eso se suma otra contradicción imposible de no ver. Agostina Páez habla de la crueldad de las redes, pero a la vez se presenta como influencer. Es decir, no como una extraña caída accidentalmente en el ecosistema digital, sino como alguien que forma parte de esa lógica de exposición, imagen y circulación pública. Entonces la incoherencia salta sola: cuando las redes sirven para proyectarse, son plataforma; cuando devuelven condena, escrutinio y costo reputacional, pasan a ser un infierno. Nada de eso justifica el linchamiento digital. Pero sí muestra una relación utilitaria con ese universo: abrazarlo cuando conviene y denunciarlo cuando devuelve factura. Y eso le está valiendo el repudio de quienes conocen el medio, el ecosistema y sus atajos y trampas.
No comparto el tono de Latorre. Pero que hubo una transformación, la hubo. Y por si faltara algo para completar el cuadro, en las últimas horas de ayer se conocieron videos en los que relata su retención en Brasil como si se tratara de una serie personal. Ámbito informó sobre un videoblog donde cuenta su rutina durante la detención, con escenas cotidianas y rótulos como “Día 44 presa en Brasil”. Ese material no la favorece: la compromete todavía más. Porque vuelve a correr el eje desde el hecho que originó la causa hacia la dramatización de su propio padecimiento. Una cosa es dar testimonio de
una situación dolorosa. Otra, muy distinta, es convertir la propia retención en contenido. Con micrófono profesional con antipop, trípode y celular de buena ganancia para grabación de video. Ahí el caso ya no aparece como una experiencia para reflexionar con honestidad, sino como una oportunidad para serializar la caída en clave emocional. El almuerzo, la ansiedad, el encierro, el estado de ánimo, la cotidianeidad: todo entra en escena. Pero lo central, otra vez, se corre. La causa por injuria racial queda detrás. Lo que avanza al frente es el show del daño propio. Y eso vuelve todavía más obscena la mecánica del relato. Porque durante estos 89 días hubo de todo: retención, tobillera, audiencias, alivios parciales, reveses, habeas corpus, caución y habilitación para regresar a la Argentina. La Justicia de Río terminó autorizando su vuelta bajo condiciones, luego de más de dos meses de restricciones, al considerar que impedirle salir de Brasil ya no tenía fundamento procesal suficiente. Pero ni siquiera ese giro alcanzó para producir una palabra más nítida, una autocrítica más entera, un reconocimiento más limpio. En vez de eso, aparecieron más entrevistas, más victimización, más sensibilidad escénica y más disputa por el relato. Ese es, tal vez, el rasgo más elocuente del caso: 89 días después, Agostina Páez sigue peleando menos con lo que hizo que con el modo en que eso quedó fijado públicamente. Más cuando su propio padre reflejó el mismo gesto inicial de racismo en tono inexplicable por las circunstancias particulares de un escándalo que trascendió las fronteras en un bar de nuestra provincia.

Por eso habla de “supuestas víctimas”.

Por eso se irrita con quien la llama racista.

Por eso denuncia la crueldad de las redes siendo parte activa de ese mundo.

Por eso ahora convierte la retención en videoblog.

¿Quién conoce a un perseguido por la justicia, muerto de miedo, por el asedio y temiendo por su vida bajar al restaurante del complejo en el que vive solo, que muestre la tobillera electrónica y el almuerzo de ñoquis con bolognesa?

No parece estar luchando solo por ser perdonada. Parece estar luchando para ser redefinida. No es prudente entrar en las especulaciones mezquinas y tal vez interesadas de la fama y las facturas por presentaciones televisivas de las que muchos hablan y casi nadie conoce. Ni de candidaturas políticas que rozan el delirio.

Pero hay cosas que no admiten rediseño estético ni maquillaje emocional. Y cuando una persona necesita tantos matices para pedir perdón, tantas coartadas para sostener su dolor y tantos recursos narrativos para correrse del centro del hecho, el arrepentimiento deja de parecer verdad.

Fui tal vez uno de quienes en reiteradas oportunidades salió a defender sus derechos. Como lo haría con cualquier persona que entiendo está siendo lapidada públicamente. Pero las apariencias no engañan. Desengañan. La cantinela de la crueldad y las verdades a medias pasan a parecer estrategia. Agostina Páez llega a estos 89 días no como alguien que logró esclarecer lo ocurrido, sino como alguien que todavía intenta administrarlo. No le pesa únicamente lo que hizo: le pesa, sobre todo, que no la dejen contarlo a su manera. Y cuando el centro de una causa grave deja de ser el daño causado para convertirse en una saga sobre el daño sufrido por quien la protagonizó, ya no estamos frente a una reparación. Estamos frente a una operación.

En la que solo basta leer los comentarios de las audiencias para, dignamente y de una vez por todas, poner punto final y llamarse a silencio.

No es necesariamente “la verdad”. Es lo que pienso. Las verdades se diirimen en la Justicia, que está actuando. Este no es el ámbito sino más que para ejercer la democracia a través de la opinión.

Y para terminar, Pedro Guerra.

Nada más. Nada menos.

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