Agostina Páez lleva 89 días instalada en el escándalo.
Ochenta y nueve días desde aquel 14 de enero en Río de Janeiro, cuando lo que parecía una discusión más en un bar de Ipanema se transformó en una causa penal por injuria racial, con denuncia, video, repercusión internacional, restricciones judiciales y una permanencia forzada en Brasil que recién empezó a destrabarse a fines de marzo. Este domingo 12 de abril, ese recorrido completa exactamente 89 días si se cuenta desde el día del hecho.
Pero el dato más fuerte no es el número. El dato más fuerte es lo que hizo con ese tiempo.
Porque en casi tres meses Agostina Páez no logró construir una asunción limpia de lo ocurrido. Construyó otra cosa: una narrativa de daño propio. Un relato en el que el centro ya no parece ser el acto que originó la causa, sino el sufrimiento que ella dice haber atravesado después. Y ahí es donde el caso deja de ser solo judicial para volverse también moral, mediático y hasta estético: la puesta en escena del arrepentimiento empezó a pesar más que el arrepentimiento mismo.
Hay una frase que la hunde sola: haber hablado de las “supuestas víctimas” al referirse a quienes la denunciaron. Esa expresión, difundida tras la audiencia en Río, no es un desliz menor. Es una definición. Porque quien pide perdón, pero al mismo tiempo relativiza la condición de quienes quedaron del otro lado, no está reparando; está regateando. Está ofreciendo una disculpa con cláusula. Está buscando los beneficios simbólicos del arrepentimiento sin entregarles a los otros el lugar moral que ese arrepentimiento exige.
Porque, además, no existe denuncia o contradenuncia alguna por parte de Agostina Páez a los supuestos agresores que se llevaron las manos a los genitales por delitos tales como el de Ato Obsceno, previsto en el artículo 233 del Código Penal del vecino país. Y todo lo que en un proceso judicial no es incorporado queda en el terreno de las especulaciones de las miradas públicas. Que nada saben de derecho desde la expertología en la cumbre del chusmerío. Sí, parece. Sí, se ve. Me parece que no. Sin peritos, sin derecho a defensa de los acusados, sin fiscales y sin más sentencia que la de una influencer y a quienes pueda convencer.
Yanina Latorre cruzó a Agostina Páez y aseguró que no le cree ''nada'' a la abogada: ''En Brasil hizo el gesto de mono muy canchera y ahora se hace la Virgen María. Dice muchas pelotudeces; lo mejor que puede hacer es desaparecer''.pic.twitter.com/StvLroSwiN https://t.co/hDDdJelDNl
— MDZ Online (@mdzol) April 6, 2026
Por eso habla de “supuestas víctimas”.
Por eso se irrita con quien la llama racista.
Por eso denuncia la crueldad de las redes siendo parte activa de ese mundo.
Por eso ahora convierte la retención en videoblog.
¿Quién conoce a un perseguido por la justicia, muerto de miedo, por el asedio y temiendo por su vida bajar al restaurante del complejo en el que vive solo, que muestre la tobillera electrónica y el almuerzo de ñoquis con bolognesa?
No parece estar luchando solo por ser perdonada. Parece estar luchando para ser redefinida. No es prudente entrar en las especulaciones mezquinas y tal vez interesadas de la fama y las facturas por presentaciones televisivas de las que muchos hablan y casi nadie conoce. Ni de candidaturas políticas que rozan el delirio.
Pero hay cosas que no admiten rediseño estético ni maquillaje emocional. Y cuando una persona necesita tantos matices para pedir perdón, tantas coartadas para sostener su dolor y tantos recursos narrativos para correrse del centro del hecho, el arrepentimiento deja de parecer verdad.
Fui tal vez uno de quienes en reiteradas oportunidades salió a defender sus derechos. Como lo haría con cualquier persona que entiendo está siendo lapidada públicamente. Pero las apariencias no engañan. Desengañan. La cantinela de la crueldad y las verdades a medias pasan a parecer estrategia. Agostina Páez llega a estos 89 días no como alguien que logró esclarecer lo ocurrido, sino como alguien que todavía intenta administrarlo. No le pesa únicamente lo que hizo: le pesa, sobre todo, que no la dejen contarlo a su manera. Y cuando el centro de una causa grave deja de ser el daño causado para convertirse en una saga sobre el daño sufrido por quien la protagonizó, ya no estamos frente a una reparación. Estamos frente a una operación.
En la que solo basta leer los comentarios de las audiencias para, dignamente y de una vez por todas, poner punto final y llamarse a silencio.
No es necesariamente “la verdad”. Es lo que pienso. Las verdades se diirimen en la Justicia, que está actuando. Este no es el ámbito sino más que para ejercer la democracia a través de la opinión.
Y para terminar, Pedro Guerra.
Nada más. Nada menos.