Por Xavier Ferrera Peña
Donald Trump no inventó la guerra. Pero entiende como pocos su rendimiento político. Sabe que la guerra ordena relatos, simplifica dilemas, disciplina sociedades y vuelve funcional algo que en tiempos de paz se vuelve más difícil de sostener: el miedo. Y el miedo, bien administrado, sirve para casi todo. Sirve para justificar presupuestos descomunales, para cerrar filas detrás de un mando, para volver sospechoso al que duda y para convertir cualquier objeción moral en una supuesta traición. Esa lógica no es nueva, pero en Trump adquiere un tono brutal, casi publicitario: la fuerza como escenografía del poder.
Lo que acaba de ocurrir en Medio Oriente vuelve a mostrar ese mecanismo en estado puro. El 13 de este mes y año, Trump anunció ataques estadounidenses sobre instalaciones militares en la isla iraní de Kharg, nodo clave para las exportaciones petroleras de Irán, y amenazó con ampliar la ofensiva si Teherán o sus aliados interfieren en el paso por el estrecho de Ormuz. La señal no fue solo militar. Fue simbólica. Fue económica. Fue geopolítica. Y, sobre todo, fue narrativa: otra vez el mundo debe aceptar que la paz queda subordinada al derecho de una potencia a decidir dónde empieza el mal y cuándo debe ser castigado.
Kharg no es un punto menor del mapa. Por allí pasa cerca del 90% de las exportaciones petroleras iraníes y una disrupción severa podría sacar hasta 2 millones de barriles diarios del mercado, en un contexto en el que el estrecho de Ormuz canaliza alrededor del 20% del comercio mundial de petróleo. Cuando se golpea un punto así, no se está mandando solamente un mensaje a Irán. Se le está diciendo al planeta entero que la economía mundial también puede ser rehén de la voluntad imperial.
Entonces la pregunta central no es ingenua: ¿qué quiere Trump desatando guerras en el mundo? Quiere varias cosas al mismo tiempo. Quiere liderazgo interno. Quiere centralidad global. Quiere restaurar la idea de que Estados Unidos no negocia desde la fragilidad, sino desde la amenaza. Quiere un mundo en el que los conflictos se lean como pruebas de virilidad política. Y quiere, además, algo más profundo y más oscuro: que la violencia vuelva a ser comprendida no como fracaso de la política, sino como su forma más rentable. Esa es la perversión mayor.
Porque la guerra, en manos de dirigentes como Trump, ya no aparece como una tragedia a evitar, sino como un lenguaje disponible. Algo que se activa, se dosifica y se exhibe. Hay reuniones con ejecutivos de defensa para acelerar producción militar; hay presión para expandir capacidad bélica; hay presupuestos que baten récords; hay industrias enteras que crecen cuando el planeta se hunde. Las agencias de noticias internacionales informaron la semana pasada que la Casa Blanca venía presionando a empresas del sector para aumentar producción tras los ataques a Irán, mientras el gasto militar autorizado para 2026 ya alcanzó los 901 mil millones de dólares y Trump incluso empujó la idea de llevar el presupuesto de defensa de 2027 a 1,5 billones. La destrucción no es solo ideología: también es negocio.
Pero sería un error cómodo creer que todo esto depende únicamente de un hombre. Trump no es un rayo caído de un cielo sereno. Es el producto extremo, obsceno y eficaz de una cultura política que hace tiempo dejó de escandalizarse ante la guerra permanente. Una cultura que necesita enemigos rotativos para no mirarse al espejo. Ayer fue Afganistán. Después, Irak. Después Siria. Después, Rusia. Después, China. Después, Hamás. Después, Irán. Siempre hay un nuevo rostro para el odio. Siempre una nueva geografía que debe cargar con el papel del bárbaro. Siempre una nueva excusa para que los muertos queden lejos de casa y los dividendos se cobren cerca.
Ese es el corazón del problema: el enemigo permanente cambia de país y de cara, pero cumple la misma función. Sirve para que las sociedades acepten vivir sitiadas aun cuando nadie las esté atacando en su barrio. Sirve para transformar la complejidad del mundo en un relato infantil: nosotros o ellos. Sirve para aplastar la duda moral con una consigna patriótica. Sirve para degradar la empatía hasta volverla selectiva. Y cuando la empatía se vuelve selectiva, la civilización ya empezó a pudrirse.
Occidente, que durante décadas quiso venderse como sinónimo de derechos, racionalidad y progreso, hace tiempo convive con una contradicción insoportable: predica humanidad mientras administra masacres con lenguaje técnico. Habla de valores mientras tolera desplazamientos masivos, infancias mutiladas, ciudades convertidas en polvo y generaciones enteras educadas en el trauma. En Gaza, organismos humanitarios siguen documentando una catástrofe sostenida: OCHA reportó cientos de miles de pallets de ayuda descargados desde el alto el fuego de octubre de 2025, al tiempo que continúan los reportes de víctimas, desplazamientos y destrucción generalizada; UNRWA y la ONU siguen registrando muertes de civiles y una situación humanitaria devastadora tanto en Gaza como en Cisjordania. El dato frío no alcanza para explicar lo esencial: nos estamos acostumbrando. Ese es el verdadero espanto.
La costumbre es el triunfo final de la barbarie. Cuando la guerra se vuelve paisaje, deja de generar repulsión y empieza a producir consumo. Se la comenta como si fuera una serie. Se la sigue como si fuera una pulseada deportiva. Se la reduce a mapas, flechas, cifras y declaraciones altisonantes. Mientras tanto, debajo de esa capa de análisis estratégico, lo que sigue ocurriendo es siempre lo mismo: gente que corre con hijos en brazos, hospitales desbordados, escuelas vaciadas, ancianos enterrados entre ruinas, jóvenes convencidos de que la muerte ajena vale menos si nació del otro lado de una frontera.
Y ahí aparece la dimensión más inquietante de Trump: no solo intensifica conflictos. También encarna una pedagogía del odio. Enseña que la brutalidad paga. Enseña que la empatía debilita. Enseña que la paz es aburrida, que la diplomacia decepciona, que la moderación no llena pantallas ni gana elecciones ni mueve acciones en bolsa. Bajo esa lógica, la guerra deja de ser el último recurso y pasa a ser una forma de administración del mundo. No hay proyecto civilizatorio ahí. Hay apenas una maquinaria de dominación sostenida por adrenalina, resentimiento y negocios.
Lo grave es que esa maquinaria no se sostiene sola. Necesita audiencias. Necesita votantes. Necesita medios que traduzcan bombardeos en épica. Necesita comentaristas que conviertan cadáveres en daños colaterales. Necesita sociedades dispuestas a creer que el horror siempre está afuera. Trump existe porque una parte del mundo ya no quiere líderes prudentes: quiere jefes que griten, amenacen, humillen y disparen. Quiere poder sin conciencia. Quiere fuerza sin límite. Quiere una seguridad que solo puede producir más inseguridad.
La humanidad ha entrado, quizás, en una etapa miserable de su historia: una en la que la destrucción volvió a venderse como destino. No como accidente, no como excepción, no como fracaso, sino como una supuesta forma de orden. Y cuando una civilización necesita enemigos permanentes para sentirse viva, lo que demuestra no es fortaleza, sino vacío. Un vacío moral. Un agotamiento espiritual. Una incapacidad radical para construir sentido sin recurrir al fuego.
Por eso la pregunta de fondo no es si Trump es peligroso. Claro que lo es. La pregunta es por qué el mundo sigue produciendo dirigentes para los que la paz no rinde, la diplomacia no emociona y la guerra todavía cotiza. La pregunta es por qué seguimos aceptando que el odio sea una herramienta legítima de conducción. La pregunta es por qué todavía toleramos que el poder necesite destruir para parecer fuerte.
Trump no solo bombardea territorios: bombardea la idea misma de humanidad compartida. Pero sería demasiado fácil dejar toda la culpa en su figura. El problema real es más hondo. Es una civilización que ya no sabe convivir sin inventarse enemigos, que ha reemplazado la política por castigo, la diplomacia por amenaza y la verdad por propaganda bélica. Y cuando una época necesita cambiarle el nombre al enemigo cada temporada para seguir justificando la destrucción, lo que está en guerra no es solo Medio Oriente: es el alma misma del mundo.