Por Xavier María Ferrera Peña
El 13 de marzo ya no es apenas una fecha del calendario católico o una efeméride para creyentes. Para los argentinos, y también para los santiagueños, quedó como el día en que uno de los nuestros se asomó al centro del mundo con una voz distinta. Jorge Mario Bergoglio fue elegido Papa el 13 de marzo de 2013, y su vida terminó el 21 de abril de 2025. Pero hay figuras que, aun muertas, siguen discutiendo con los vivos. Francisco pertenece a esa clase de personas.
No dejó una enseñanza cómoda. No vino a adormecer conciencias ni a repartir frases lindas para enmarcar. Vino a molestar. A decir que la economía que descarta personas mata. A repetir que la indiferencia también es una forma de crueldad. A recordar que el poder sin compasión se pudre. A señalar que la dignidad humana no puede quedar sometida a la cuenta de ganancias, al cálculo político ni al ego de los poderosos. En tiempos de fanatismos estridentes, Francisco eligió una valentía menos ruidosa: la de llamar por su nombre a la miseria moral de este tiempo. Ese fue uno de sus grandes rasgos: no hablaba para quedar bien; hablaba para dejar pensando.
Pero acaso su mayor pedagogía no estuvo en lo que dijo, sino en cómo vivió. Ahí radica la diferencia entre un predicador y un testimonio. Francisco enseñó con la austeridad, con la sobriedad, con esa obstinación suya por correr el foco de los ornamentos y ponerlo sobre los caídos del sistema. Enseñó eligiendo gestos antes que pompas. Enseñó evitando la solemnidad vacía. Enseñó pareciéndose más a un pastor que a un monarca. En una época enamorada del marketing personal, de la vanidad y del grito, esa manera de ejercer autoridad tuvo una potencia extraña: era una autoridad despojada. Y por eso mismo, más fuerte.
A los santiagueños, además, Francisco nos dejó un motivo de orgullo espiritual y cultural que no es menor. Fue él quien canonizó a Mama Antula el 11 de febrero de 2024, convirtiéndola en la primera santa argentina. No fue un detalle administrativo del Vaticano. Fue un acto de reparación simbólica, histórica y federal. Mama Antula no nació en los márgenes del mapa nacional: fue empujada a ellos por años de centralismo cultural. Francisco, que entendía como pocos el valor de las periferias, la puso en el centro. Y al hacerlo, también le dijo a Santiago del Estero que su memoria, su religiosidad y su tradición no eran una nota al pie de la historia argentina, sino parte viva de su columna vertebral.
Por eso su figura no puede leerse solo en clave religiosa. Francisco fue también una presencia ética y cultural. Interpeló a los dueños del dinero, a las burocracias eclesiásticas, a los ideólogos de uno y otro bando, a los que hacen negocio con la desesperación y a los que usan la fe, la política o los medios como escenografía de sí mismos. Incomodó a la derecha cuando habló de pobreza y exclusión. Incomodó a la izquierda cuando recordó que la fe popular no es un residuo atrasado, sino una reserva moral. Incomodó a los creyentes tibios. Incomodó a los ateos dogmáticos. Incomodó incluso a muchos argentinos que no le perdonaron algo muy simple y muy brutal: que uno de aquí nos mostrara, desde Roma, nuestras propias mezquindades.
También alrededor de su pasado hubo discusiones, y es bueno decirlo sin hagiografías bobas ni malicia automática. Sobre los años de la dictadura argentina persisten controversias, preguntas y debates. Pero también existen testimonios y reconstrucciones que lo ubican intercediendo y ayudando a personas perseguidas en aquellos años oscuros. Esa zona de su biografía exige prudencia, seriedad y honestidad intelectual. Ni la simplificación condenatoria ni el blanqueo devocional ayudan a comprender una época atravesada por el miedo, la violencia y las decisiones límite. Aun así, que su nombre haya quedado ligado, en muchos relatos, a gestos concretos de auxilio en medio del horror, también habla de una fibra personal: la de alguien que entendía que la fe sin coraje moral se vuelve decoración.
Francisco tuvo una virtud escasa: hizo visible una idea de grandeza que no dependía del dominio, sino del servicio. En un mundo que premia al que aplasta, él puso el cuerpo del lado de los frágiles. En una cultura que celebra al exitoso, él miró al descartado. En una época que confunde libertad con egoísmo, insistió en la fraternidad. Y eso, aunque suene sencillo, era profundamente subversivo. Porque el verdadero escándalo de Francisco no fue doctrinal. Fue humano. Recordó que nadie se salva solo, que el sufrimiento ajeno no es paisaje y que la compasión no es debilidad, sino una forma superior de inteligencia moral.
Tal vez por eso su legado seguirá creciendo con el tiempo. Porque hay figuras que dependen del cargo, y otras que sobreviven al cargo. Francisco ya no está en el Vaticano, pero sigue estando en la conversación del mundo. Sigue estando cada vez que alguien discute si la política debe servir o servirse. Sigue estando cada vez que se plantea si la economía existe para ordenar la vida o para triturarla. Sigue estando cada vez que una sociedad se pregunta qué hacer con sus excluidos. Y sigue estando, sobre todo, como una vara incómoda: la vara de la coherencia.
Ese es el corazón del homenaje. No recordar a Francisco como una estampita, sino como una conciencia. No encerrarlo en la vitrina de los próceres buenos, sino dejar que siga pinchando donde duele. Porque sus enseñanzas verbalizadas fueron muchas y valiosas. Pero sus enseñanzas decisivas fueron las otras: cómo caminó, cómo eligió, a quién miró, de qué lado se puso. En tiempos de cinismo, enseñó que todavía era posible hablar sin mentir y ejercer autoridad sin soberbia.
Y acaso ahí esté su herencia más honda. Francisco no nos pidió admiración. Nos pidió conversión de la mirada. Nos enseñó que la peor pobreza no siempre es la falta de pan, sino la falta de humanidad. Que no hay civilización posible si el éxito de unos se construye sobre la intemperie de otros. Y que la estatura de una persona, de una iglesia o de un país no se mide por el brillo de sus cúpulas, sino por el modo en que trata a los que quedan abajo.
Por eso, a 13 años de aquel día en que el mundo escuchó su nombre desde un balcón en Roma, el homenaje más justo no es repetir que tuvimos un Papa argentino. Es entender algo más difícil y más grande: que tuvimos a un argentino que, desde la cima más visible del planeta, eligió seguir mirando desde abajo. Y esa lección, para un tiempo tan ferozmente enamorado del poder, vale más que cualquier monumento.