Lo ocurrido en varios establecimientos educativos de Santiago del Estero no debería minimizarse con la vieja comodidad del “son cosas de chicos”. Hubo amenazas de tiroteos escritas en baños y sectores comunes de distintos colegios, intervención judicial, refuerzo policial preventivo y asistencia psicológica en al menos uno de los episodios. No es una anécdota. No es una broma. Es una alarma. Y es, también, el espejo de una sociedad que hace rato empezó a confundir exposición con verdad, impacto con sentido y desenfado con impunidad.
Vivimos en una sociedad líquida en el peor sentido del término: una sociedad donde nada parece tener peso estable, donde lo que circula vale más que lo que existe y donde lo que se muestra termina ordenando la realidad. Si algo se viraliza, parece verdadero. Si algo se repite, parece normal. Si algo produce morbo, entonces se impone. El resultado está a la vista: chicos que no solo consumen violencia, sino que empiezan a representarla, a ensayarla y a usarla como lenguaje. El problema ya no es únicamente qué ven, sino qué aprenden a considerar posible. La OMS advierte que entre los factores de riesgo de la violencia contra niños y adolescentes figuran las prácticas deficientes de crianza, la falta de apego emocional con padres o cuidadores, el acceso fácil a armas de fuego y las normas sociales que normalizan la violencia. Eso ya no describe una teoría abstracta: describe un clima.
En ese clima, el discurso público importa. Y mucho. Conviene decirlo con precisión: en la Argentina no existe una “venta libre” de armas en sentido estricto, porque siguen existiendo requisitos legales. Pero sería ingenuo negar el sentido político de las medidas adoptadas en los últimos tiempos. El Gobierno nacional redujo de 21 a 18 años la edad mínima para ser legítimo usuario de armas, impulsó una reforma del régimen con foco en la simplificación de trámites, habilitó vías digitales como la “CLU digital” y la “tenencia express”, y además creó un régimen especial para autorizar la adquisición y tenencia de armas semiautomáticas derivadas de uso militar por parte de legítimos usuarios que acrediten usos deportivos. No es “libre venta”, pero sí una flexibilización material y, sobre todo, un mensaje cultural: el arma deja de aparecer como excepción y empieza a entrar en la conversación pública como objeto normalizado. Y cuando la política normaliza, la sociedad absorbe.
A eso se suma la otra gran fábrica de sentido de esta época: la pantalla. UNICEF advierte que la exposición frecuente a contenidos violentos puede producir desensibilización, afectar la empatía y, cuando los medios le dan más protagonismo a la violencia que a otros contenidos, generar una percepción falseada del mundo, dominada por el peligro, el miedo y el sensacionalismo. La propia entidad señala que la espectacularidad violenta incrementa audiencias y que el sensacionalismo funciona como manipulación emocional porque desplaza el análisis racional. La Academia Estadounidense de Pediatría, por su parte, sostiene que décadas de investigación vinculan la violencia virtual con pensamientos, sentimientos y conductas agresivas, y que esa exposición puede instalar en niños y adolescentes la idea de que la agresión es normal y aceptable.
Y aquí aparece otro dato demoledor: el ecosistema digital ya no es periférico en la infancia y la adolescencia argentinas, es su hábitat central. Según UNICEF y UNESCO, el 95% de niñas, niños y adolescentes tiene celular propio con acceso a internet, la edad promedio de acceso al primer celular con internet es de 9,6 años y entre los chicos de 9 a 11 años, el 83% accedió antes de los 10. Además, el 92% chatea por plataformas como WhatsApp, Instagram o Telegram, y el 90% usa redes sociales; TikTok, YouTube e Instagram aparecen entre las plataformas más extendidas. En ese mismo universo, apenas un 10% dice leer o ver noticias en internet todos o casi todos los días. Traducido al castellano más crudo: hay más exposición que comprensión, más estímulo que filtro, más consumo que criterio.
Por eso el desenfado no debe leerse como simple rebeldía adolescente. En muchos casos es un síntoma de abandono social. Es la carcajada hueca de una época que dejó de poner límites claros. Es el gesto sobrador de quien creció viendo que todo se convierte en contenido, que toda tragedia puede editarse, compartirse y olvidarse al día siguiente. Es la conducta de chicos y chicas a los que muchas veces se les dio conectividad antes que conversación, dispositivo antes que criterio, acceso antes que acompañamiento. UNICEF insiste en que, justamente porque la tecnología atraviesa la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes, es fundamental abrir espacios de diálogo informados y acompañarlos activamente en ese vínculo. No alcanza con prohibir tarde ni con indignarse después. La tutela adulta no es espionaje ni autoritarismo: es presencia.
Lo más inquietante de episodios como el de las escuelas santiagueñas es que muestran cómo se achicó la distancia entre representación y acto. Antes había un mundo real y un mundo ficcional. Hoy, en demasiados casos, uno alimenta al otro en tiempo real. La amenaza escrita en una pared escolar ya no es solo una bravata escolar: es una puesta en escena nacida en una cultura que glorifica el impacto, trivializa la violencia y diluye responsabilidades. No nació de la nada. Nació de una suma de omisiones: del mercado que explota el morbo, de la política que banaliza símbolos de fuerza, de adultos que delegan el cuidado, y de una sociedad que suele reaccionar recién cuando el simulacro amenaza con convertirse en hecho.
Si de verdad queremos discutir seguridad, empecemos por decir la verdad: el problema no son solamente las pintadas. El problema es la pedagogía invisible que las vuelve pensables. Una sociedad que vuelve cotidiana la violencia, que relativiza el cuidado y que deja a sus chicos formarse más por algoritmos que por adultos responsables, no está criando ciudadanos libres. Está soltando menores a la intemperie.
Y la intemperie, tarde o temprano, siempre pasa factura.