La noticia del fallecimiento de Daniel Buira ha generado un profundo pesar en la escena del rock y la cultura popular argentina. El músico se encontraba en una de las sedes de la Escuela de Percusión La Chilinga cuando comenzó a manifestar graves dificultades respiratorias. Según los reportes policiales, testigos presentes en el lugar solicitaron asistencia urgente al servicio de emergencias médicas tras hallarlo descompensado en el patio del establecimiento.
Pese a recibir las primeras maniobras de auxilio, el percusionista perdió el conocimiento y no pudo ser reanimado por el personal del SAME. Buira, de 55 años, fue un pilar fundamental en la arquitectura sonora de los primeros discos de Los Piojos, aportando una impronta rítmica que fusionaba el rock con el candombe y las raíces rioplatenses, sello distintivo que acompañó a la banda en su ascenso masivo durante la década del 90.
El legado de La Chilinga
Más allá de su paso por los escenarios de estadios, la mayor obra de Buira fue la creación de La Chilinga en 1995. Esta escuela de percusión se convirtió en un espacio de resistencia cultural y formación para miles de jóvenes, llevando el sonido del tambor a cada rincón del país. Bajo su dirección, el proyecto editó varios álbumes y participó en colaboraciones con artistas de la talla de Mercedes Sosa y Calle 13, reivindicando siempre el carácter social de la música.
Un vacío en la percusión rioplatense
Su partida deja un vacío inmenso en el universo de la percusión. Buira no solo era reconocido por su técnica, sino por su capacidad docente y su compromiso con la identidad rítmica sudamericana. En las redes sociales, colegas y alumnos comenzaron a rendirle homenaje, destacando su generosidad y la pasión con la que transmitía el arte del ensamble. Las autoridades judiciales han iniciado las pericias de rigor para establecer las causas exactas del deceso, mientras el ambiente artístico se prepara para darle el último adiós.