Por Xavier Maria Ferrera Peña
Entre lo que alguien publica, lo que una red viraliza y lo que la gente termina creyendo, se abre un vacío perfecto para la propaganda, las fake news y las operaciones políticas. La pregunta incómoda es simple: ¿quién filtra, con qué criterio y a qué costo?
Un audio aparece en un grupo de WhatsApp. Dura veinte segundos. Una voz —que se parece mucho a la de un dirigente conocido— dice una frase explosiva. A los diez minutos ya lo reenviaron a treinta contactos. A la hora, alguien lo subió a TikTok con subtítulos y música dramática. Al mediodía hay un "hilo" en X que asegura tener "la data completa". A la tarde, un portal lo levanta con título condicional: "Se viraliza un audio que comprometería a…". A la noche, el daño ya no depende de si el audio era real: depende de cuánta gente lo sintió creíble. Y al día siguiente, cuando llega la desmentida, llega tarde, flaca y sin épica. En la guerra por la atención, la verdad siempre viaja con atraso.
No es un caso aislado. Es el nuevo paisaje: lo real compite en desventaja contra lo verosímil. Y esa es una mala noticia para la democracia.
Publicar, difundir, creer: tres mundos distintos
Durante décadas, el sistema social de la información funcionó con una especie de escalera: alguien decía algo, un medio lo verificaba (o al menos lo ponía a prueba), el público lo recibía con cierta confianza relativa. Ese modelo tenía fallas enormes, sí, pero existía un núcleo ordenado: había puertas de entrada.
Hoy la escalera se rompió y quedó una autopista. Publicar es gratis e instantáneo. Difundir es automático y muchas veces opaco: lo decide un algoritmo y la arquitectura de las redes. Creer es emocional: se activa por identidad, miedo, bronca, deseo de pertenecer.
Ese triángulo —publicación, difusión, creencia— ya no se encadena de manera lógica. Se encadena por impulso.
- Se publica algo: una frase, un video, una captura, un rumor.
- Se difunde si provoca reacción: indignación, risa, espanto, "confirmación" de lo que ya pensábamos.
- Se cree si encaja en una historia previa: "este político es así", "estos son capaces de todo", "yo ya sabía".
En ese circuito, la verdad no es el punto de partida. Es un daño colateral.
La economía de la atención: velocidad, emoción y tribu
La desinformación no es nueva. Lo nuevo es el incentivo. En redes, el premio no es "tener razón": es ser visto. Y lo que más se ve no es lo más preciso, sino lo más detonante.
La lógica es brutal y simple:
Lo matizado pierde contra lo tajante.
Lo lento pierde contra lo urgente.
Lo contextual pierde contra el recorte.
Lo probado pierde contra lo impactante.
Además, hay un combustible que vuelve todo inflamable: la identidad. Mucha gente no comparte una noticia para informar; la comparte para decir "yo soy de los míos". La información se vuelve bandera. Y cuando la información es bandera, rectificar se siente como traición.
Propaganda política 2.0: laboratorio, ensayo y derribo
Si alguien quisiera diseñar un ecosistema ideal para la propaganda, probablemente inventaría algo muy parecido a lo que ya existe: segmentación masiva, anonimato parcial, viralización automática y una audiencia cansada.
En ese marco, la comunicación política dejó de ser solo discurso y pasó a ser operación de clima. Y ahí aparecen dos prácticas cada vez más frecuentes.
1) Ensayos de aceptación: fabricar "sensación de candidato"
Antes, para instalar a un candidato, había que construir estructura, presencia territorial, actos, entrevistas, alianzas. Hoy se puede simular una parte del fenómeno con recursos digitales:
Tendencias artificiales: empujar hashtags, generar conversación aparente.
Encuestas como arma: sondeos sin ficha técnica circulando como "sentencia social".
Videos cortos diseñados para emoción, no para contenido: "Mirá cómo lo enfrentó", "Lo domó", "Lo dejó mudo".
Granjas de cuentas y amplificación coordinada: no para convencer a todos, sino para que parezca inevitable.
El objetivo no es que el público diga "me convenció su plan económico". El objetivo es más elemental: que el público diga "este viene fuerte".
En política, parecer viable a veces es más importante que serlo. Y las redes se volvieron el escenario perfecto para fabricar viabilidad.
2) Derribar candidatos: acusación primero, prueba después
La otra cara es el ataque. Si el adversario crece, la tentación es simple: no lo discutas, contamínalo.
Aparecen entonces:
Carpetazos con recortes, capturas sin contexto, documentos incompletos.
Titulares tramposos: no afirman, sugieren; no prueban, insinúan.
Audios editados o sacados de lugar.
Deepfakes y falsificaciones más accesibles.
El mecanismo es siempre el mismo: instalar una sospecha que no necesita comprobarse del todo para hacer efecto. La sospecha tiene un truco sucio: aunque se caiga, deja mancha.
Y ahí entra el gran problema: la gente no guarda en la memoria la corrección con la misma fuerza que guarda el impacto inicial.
El costo de no filtrar: una democracia sin piso común
Cuando una sociedad pierde la noción compartida de realidad, pierde la base para discutir. Porque discutir requiere un punto de partida común: hechos. Si todo es opinable, entonces todo es manipulable.
Y ahí aparece el peligro mayor: que la política deje de ser disputa de proyectos para convertirse en guerra de percepciones. Que el candidato no gane por lo que propone, sino por la eficacia de su maquinaria emocional.
El problema no es que haya mentiras: mentiras hubo siempre. El problema es que la mentira ahora puede ser masiva, barata, precisa y emocionalmente irresistible. Y cuando la realidad se vuelve discutible, el poder ya no necesita censurar: le alcanza con confundir.
La pregunta "¿cuál es el filtro?" no es técnica, es moral.
Si la democracia es el arte de decidir juntos, entonces la verdad pública es su suelo.