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INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO: Según pasan los años

23/03/2026

Los odios ya no son tan odios. Los amores ya no son tan amores. Casi nos gana el olvido mientras la vida aprieta y la conciencia descubre, de golpe, que tiene un final.

Por Xavier Maria Ferrera Peña

La vida enseña tarde, pero enseña. No lo hace con solemnidad ni con frases para enmarcar. Lo hace a los golpes bajos del tiempo, a través de pérdidas, decepciones, reconciliaciones inesperadas y verdades que uno hubiera preferido entender antes. Según pasan los años, muchas cosas dejan de tener el tamaño que tenían. Los odios ya no son tan odios. Los amores ya no son tan amores. Lo que parecía definitivo se vuelve relativo. Lo que parecía insoportable encuentra su lugar. Y lo que alguna vez fue una bandera de guerra termina siendo apenas un episodio más de la fragilidad humana.

Con el tiempo, las broncas se encogen. Las pasiones se serenan. Las urgencias se ordenan. Y en ese lento trabajo de la vida, casi sin darnos cuenta, aparece una amenaza silenciosa: casi nos gana el olvido.

Pero no se trata del olvido de una fecha o de un nombre. Se trata del olvido de lo esencial. De olvidar que todos cargamos algo. Que nadie sale intacto de esta vida. Que detrás de cada gesto, de cada enojo, de cada dureza, suele haber una historia que no se ve. Y que tal vez por eso deberíamos juzgar menos y comprender más. Ser menos severos con los otros, y también con nosotros mismos.

Porque los años, al final, no sólo pasan: también acomodan. La vida se vuelve más apretada y más justa. Más apretada porque un día la conciencia recibe el ladrillazo más honesto de todos: esto se termina. No somos eternos. No hay tiempo infinito. No hay vínculos eternamente disponibles. No hay abrazos garantizados para después. Y más justa porque pone cada cosa en su sitio. Lo accesorio pierde brillo. Lo importante aparece con una nitidez que antes no tenía. El orgullo empieza a parecer un lujo ridículo. Y ciertas guerras cotidianas revelan toda su inutilidad.

Madurar acaso sea eso: entender que no toda diferencia merece un abismo. Que no todo desacuerdo obliga al desprecio. Que no toda herida tiene que transformarse en condena perpetua. Que vivir enojado con el mundo no da profundidad: da cansancio. Mucho cansancio.

Durante demasiado tiempo confundimos intensidad con verdad, dureza con carácter, agresividad con coraje. Y no. La experiencia enseña otra cosa. Enseña que la paz no es debilidad. Que la suavidad no es cobardía. Que bajar la voz no significa claudicar. A veces, al contrario, se necesita mucho más coraje para conservar la humanidad que para entregarse a la furia.

Por eso, según pasan los años, uno empieza a valorar otras cosas. Una charla sin gritos. Una diferencia sin odio. Un perdón que llega. Un gesto noble. Una mesa compartida. Una tarde en calma. El alivio de no tener que ganar siempre. La sabiduría sencilla de no responder cada agravio, de no alimentar cada incendio, de no hacer de cada discusión una batalla moral.

La vida no estaba hecha para vivirla en estado de furia permanente. No vinimos a este mundo a endurecernos hasta volvernos irreconocibles. Vinimos, en todo caso, a tratar de entender un poco más, a lastimar un poco menos, a dejar algo digno en los días de los otros.

Casi nos gana el olvido, sí. El olvido de que todos somos frágiles. El olvido de que nadie se salva solo. El olvido de que una sociedad no se sostiene únicamente con números, slogans o vencedores circunstanciales. Se sostiene con un piso común de respeto, de memoria, de cuidado mutuo. Sin eso, no hay comunidad: hay intemperie.

Y justo cuando parecía que después de tanto dolor, de tanta fractura y de tantos errores al menos algo habíamos aprendido, ahí, en un sorpresivo giro de la historia, irrumpe Milei y te patea el tablero. Mal.

No sólo por sus formas. No sólo por su violencia verbal. No sólo por esa pedagogía brutal del desprecio que convierte la crueldad en espectáculo y la deshumanización en método. Sino porque vino a legitimar algo más hondo y más peligroso: la idea de que la empatía molesta, de que la compasión sobra, de que la sensibilidad estorba, de que todo lo humano puede ser barrido en nombre de una supuesta valentía antisistema.

Y no. No hay valentía en humillar. No hay grandeza en degradar. No hay épica en arrasar con los puentes mínimos que permiten la convivencia. Lo que hay, en todo caso, es una época enferma de cinismo, fascinada con la demolición, donde algunos celebran como sinceridad lo que en realidad es brutalidad.

Entonces vuelve la intemperie. Vuelve la ley del más fuerte envuelta en lenguaje novedoso. Vuelve la tentación de dividir el mundo entre puros e impuros, útiles e inútiles, ganadores y descartables. Vuelve esa vieja pulsión de convertir al otro en estorbo antes que en semejante. Y cuando eso pasa, no sólo se resiente la política. Se resiente el tejido moral de una sociedad entera.

Por eso la paz, en este tiempo, no puede confundirse con indiferencia. La conciliación no puede ser cobardía. Y la calma no debe ser el refugio cómodo de quienes miran para otro lado. Hay momentos en los que defender la ternura, la memoria, la decencia y el respeto también es pelear. Y pelear en serio. No para odiar más, sino para impedir que el odio se vuelva clima, lenguaje y destino.

Según pasan los años uno aprende a no exagerar, a no incendiarse por todo, a no vivir atrapado en rencores viejos. Pero también aprende a detectar cuándo una época quiere llevarse puesto lo poco valioso que quedaba en pie. Aprende a reconocer cuándo la brutalidad pretende instalarse como normalidad. Y frente a eso, la serenidad no consiste en callar. Consiste en no parecerse.

Esa tal vez sea la última lección del tiempo: no dejar que el espanto nos convierta en espejo del espanto. No entregar el alma a la lógica del agravio. No permitir que el clima de época nos robe la delicadeza, la memoria ni la capacidad de ver en el otro a un ser humano.

Porque al final, cuando todo pase, cuando baje el ruido, cuando la historia vuelva a poner cada cosa en su lugar, quedará una pregunta sencilla y brutal: de qué lado estuvimos cuando quisieron convencernos de que la crueldad era una virtud.

Y ahí no alcanzará con haber gritado fuerte. Ni con haber ganado una discusión. Ni con haber humillado mejor. Lo único que de verdad contará será otra cosa: si supimos conservar la humanidad en tiempos que invitaban a perderla.

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