Por Xavier Maria Ferrera Peña
El país discute inflación, empleo, déficit, consumo, productividad. Todo eso importa. Pero hay una contabilidad que todavía se escribe con tinta simpática: la del cuidado no remunerado. Está en todas partes y, al mismo tiempo, no figura en casi ningún recibo. Se hace en la cocina, en el baño, en el dormitorio, en la guardia del hospital, en la fila de la farmacia, en la escuela, en la casa de una madre sola, en la pieza donde una hija adulta atiende a un padre mayor.
No es una metáfora: es trabajo. Y no un trabajo menor ni complementario. Es el trabajo que permite que exista el resto.
En Argentina, el propio Estado estimó que las tareas domésticas y de cuidado no remuneradas equivalieron al 16,8% del PBI en 2022, con un aporte valuado en $17.254.643 millones de ese momento. También calculó que se destinan 146,1 millones de horas diarias a esas tareas, y que el 70,2% de ese tiempo lo realizan mujeres.
Dicho de otro modo: hay una “economía” gigantesca funcionando todos los días sin salario. Y esa economía tiene rostro de mujer.
El trabajo que aparece como “amor”, pero se vive como jornada
La trampa cultural del cuidado es conocida: se lo llama “ayuda”, “mano”, “instinto”, “amor de madre”, “obligación familiar”. Así se lo despoja de su dimensión económica. Pero el cuerpo sabe otra cosa: horarios partidos, cansancio acumulado, sueño interrumpido, culpa permanente y una jornada que nunca termina.
La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del INDEC mostró que las mujeres participan mucho más en el trabajo no remunerado que los varones. En la medición 2021, 91,7% de las mujeres realizan trabajo no remunerado, frente a 75,1% de los varones. Además, en trabajo de cuidado específico, las mujeres participan más (31,4% vs. 20,3%) y dedican más tiempo (6:07 horas por día frente a 3:30 entre quienes lo realizan).
Ese mismo informe oficial también muestra algo brutal en su simpleza: cuando se suma el trabajo no remunerado, la vida cotidiana de millones de mujeres queda absorbida por tareas que sostienen a otros. La sociedad las necesita; el mercado no las paga.
Sin salario, sin aportes, sin obra social: la pobreza del trabajo indispensable
Cuando una mujer reduce horas de empleo para cuidar a un hijo, a una persona con discapacidad o a un adulto mayor, no solo pierde ingreso presente. Pierde también aportes, estabilidad, carrera laboral, jubilación futura y cobertura asociada al empleo formal. Esa es una de las formas más persistentes de desigualdad: la penalización económica por cuidar.
UNICEF advirtió en 2024 que, en hogares donde el padre no convive, 56% de las madres no recibe cuota alimentaria y que ese porcentaje trepa a 68% si se considera a quienes no la reciben regularmente. Además, casi la mitad de las entrevistadas afirmó que el progenitor no se responsabiliza de las tareas de cuidado.
Eso agrava una realidad conocida: no solo hay mujeres que ponen el cuerpo al cuidado sin remuneración, sino que además muchas lo hacen con ingresos insuficientes y con escasa corresponsabilidad paterna. En esos casos, la economía del cuidado deja de ser una discusión “de género” en abstracto: se convierte en una discusión de pobreza, infancia y desigualdad estructural. UNICEF también remarca que estos hogares enfrentan más dificultades para llegar a fin de mes y acceder a empleo formal, en un contexto donde la tasa de actividad femenina sigue por debajo de la masculina.
Cuidar también sostiene la vejez, y la demanda va a crecer
La crisis del cuidado no se limita a la crianza. También atraviesa la vejez. Cada vez más hogares atienden situaciones de dependencia, enfermedades crónicas, rehabilitaciones y acompañamiento cotidiano de personas mayores. Eso significa más tiempo, más dinero, más organización doméstica y más desgaste emocional.
La CEPAL viene señalando una crisis de cuidados persistente en la región, agravada por el envejecimiento poblacional y la insuficiencia de inversión e infraestructura. Además, subraya que las mujeres y niñas cargan de forma desproporcionada con el trabajo de cuidados y que esta organización social del cuidado limita su autonomía económica.
No hace falta esperar una estadística para verlo: en miles de casas, una hija adulta dejó un empleo, recortó su jornada o entró en la informalidad para cuidar a una madre o a un padre mayor. Eso no aparece como “inversión social” en ningún balance privado. Pero es exactamente eso.
El problema no es que las mujeres cuiden: el problema es que cuiden solas
Hay que decirlo sin vueltas: el cuidado no es un problema. El problema es su reparto injusto.
Una sociedad sana necesita cuidado. Lo que no puede hacer es descargarlo casi por completo sobre una parte de la población, en silencio, y después sorprenderse por la brecha salarial, la menor participación laboral femenina o la feminización de la pobreza.
La OIT volvió a poner el tema en el centro al advertir que las responsabilidades de cuidado no remunerado siguen siendo una de las principales barreras para la participación laboral de las mujeres. En 2024, informó que 708 millones de mujeres en el mundo estaban fuera de la fuerza laboral por responsabilidades de cuidado no remuneradas; además, la organización impulsó una resolución sobre trabajo decente y economía del cuidado que enfatiza la necesidad de políticas y sistemas para corregir estas desigualdades.
No es un asunto “doméstico”. Es un problema económico, laboral y democrático.
Qué significa reconocer de verdad el cuidado
Reconocer el cuidado no es solo aplaudir a las madres en una fecha del calendario. Tampoco alcanza con discursos sobre “la familia”. Reconocerlo de verdad implica decisiones concretas:
Más jardines maternales y espacios de primera infancia;
Centros de día y servicios de apoyo para personas mayores y personas con discapacidad;
Licencias parentales más equitativas y corresponsables.
Formalización y mejores condiciones para trabajadoras de casas particulares y cuidadoras.
Políticas de ingreso y cumplimiento efectivo de obligaciones alimentarias.
Infraestructura pública que ahorre tiempo (transporte, salud cercana, turnos, servicios).
En resumen: que el cuidado deje de ser una condena privada y pase a ser una responsabilidad social compartida.
La economía del cuidado “que nadie paga” en realidad la pagamos todos, pero de la peor manera: con mujeres agotadas, trayectorias laborales rotas, infancias más vulnerables y vejeces sostenidas a pulmón.
Mientras siga invisible, el país seguirá discutiendo productividad con una mitad de su motor trabajando gratis.
Y una sociedad que naturaliza que lo más importante se haga sin salario, sin derechos y sin reconocimiento no es austera: es profundamente injusta.