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INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO: El gobierno que le pide paciencia al que no llega y exige disculpas al que pregunta

27/03/2026

El dato oficial volvió a ser implacable: en enero de 2026 el índice de salarios subió 2,5% y quedó por debajo de la inflación de 2,9%. En el sector público, incluso, la suba fue de apenas 1,8%.

Hay gobiernos que se definen por sus números. Y hay gobiernos que se revelan, sobre todo, por la forma en que administran el dolor que esos números producen. El de Javier Milei empieza a entrar en esa segunda categoría. Porque ya no alcanza con repetir que la inflación baja, que el riesgo país cede o que el equilibrio fiscal ordena la macroeconomía. La pregunta verdaderamente política es otra: ¿qué pasa con la vida de la gente mientras llega ese supuesto paraíso prometido? Y la respuesta, otra vez, vino del propio Estado. El INDEC informó hoy que los salarios de enero subieron 2,5%, mientras que la inflación de ese mismo mes fue de 2,9%. Es decir: el ingreso volvió a perder. Otra vez. Y cuando el salario pierde, no pierde una planilla: pierde una familia.

La escena es demasiado nítida como para esconderla detrás de tecnicismos. El trabajador registrado del sector privado subió 2,1%. El sector público, 1,8%. Solo el privado no registrado quedó arriba con 4,4%, algo que además habla del atraso de los meses previos y de la precariedad estructural en que sobrevive una parte enorme del mercado laboral argentino. No hay épica ahí. No hay milagro. Hay una constatación brutal: incluso en un contexto de desaceleración inflacionaria, los ingresos siguen corriendo atrás. Y cuando el Gobierno celebra la baja de la inflación sin mirar qué pasa con el salario real, en el fondo está festejando una macro que todavía no se volvió alivio.

Con los jubilados pasa algo todavía más cruel, porque en ellos cada décima perdida tiene traducción inmediata en remedios, comida y dignidad. ANSES informó que en enero las jubilaciones y pensiones aumentaron 2,47%, con bono de hasta $70.000 para los haberes mínimos, y recordó que desde el Decreto 274/24 la movilidad es mensual y toma como referencia el IPC de dos meses atrás. Para marzo, el propio organismo anunció otra suba, de 2,88%. El problema no es solo el porcentaje; es el modo en que se administra la vejez en la Argentina actual: con actualizaciones que corren detrás de la angustia real y con un bono congelado que ya dejó de ser reparación para convertirse en respirador artificial.

¿Qué tipo de gobierno es este? Es, cada vez más, un gobierno que organiza la economía desde una promesa futura y la sociedad desde una resignación presente. Milei lleva años explicando que el bienestar vendrá después del shock, después del ajuste, después de la demolición del viejo régimen. En 2022, cuando defendía la dolarización, prometía que “los salarios reales, el poder de compra, van a subir como pedo de buzo”. Cuatro años más tarde, en la apertura de sesiones ordinarias del 1 de marzo de 2026, volvió sobre la idea en otro formato: sostuvo que la Argentina venía de “salarios en dólares raquíticos” y afirmó que su gestión “triplicó el salario en dólares”. El problema no es solo la frase. El problema es el mecanismo discursivo: el oficialismo siempre te habla del salario en un tiempo verbal que no coincide con la heladera.

Porque el salario en dólares puede lucir mejor en la exposición presidencial y, sin embargo, el salario en pesos no alcanzar en el supermercado, en la farmacia o frente a una boleta. Esa es la trampa de época. Cambiar la unidad de medida para disimular la experiencia material. Milei puede decir que el sueldo en dólares mejoró; el trabajador puede responder, con razón, que vive en la Argentina, paga en pesos y llega peor a fin de mes cuando los aumentos de alimentos, transporte, servicios y salud siguen absorbiendo cualquier recomposición parcial. No hay teoría monetaria que derrote esa verdad doméstica.

Adorni, además, no es ajeno a esta contradicción. En abril de 2024 decía dos cosas que hoy vuelven como un búmeran. Primero, que en la Argentina había “un problema de salarios destruidos” y que había que trabajar para que todos cobraran “un sueldo digno”. Segundo, que “los salarios de los funcionarios hoy están congelados”. En diciembre de 2025, ya en otro tono celebratorio, aseguró que el salario formal privado había pasado de unos 300 dólares a 1.100 y que los jubilados actualizaban mensualmente por inflación. Es decir: el vocero mutó de denunciante del derrumbe salarial a relator oficial de la recuperación, aun cuando los datos siguen mostrando meses en que el ingreso pierde contra los precios.

Pero la contradicción más delicada no está solo en el discurso salarial. Está en la moral pública. Porque mientras el Gobierno hablaba de salarios de funcionarios congelados y de sacrificios compartidos, a fines de 2025 firmó el Decreto 931/2025, que dispuso un “ordenamiento equitativo” de las remuneraciones de las autoridades superiores del Poder Ejecutivo, con el argumento de que debían ser “adecuadas, competitivas y coherentes con las responsabilidades asumidas”. El propio decreto extendió a esas autoridades los aumentos pactados en 2024 y 2025, aunque excluyó al Presidente y a la Vicepresidenta. O sea: para abajo, la pedagogía del sacrificio; para arriba, la necesidad de remuneraciones competitivas. Esa asimetría dice mucho más sobre el verdadero credo del poder que mil cadenas nacionales.

Y entonces llegamos a la escena que termina de completar el cuadro. Adorni abrió su conferencia diciendo que su patrimonio lo construyó antes de entrar al Gobierno, que no tiene nada que esconder y que “ningún otro gobierno sostuvo una vara tan alta” como el suyo. También aseguró que un ministro gana “casi la mitad” de lo que ganaba con Alberto Fernández. Pero cuando un periodista le preguntó por sus ingresos, su declaración jurada y el viaje a Punta del Este, la respuesta no fue una explicación transparente, sino una escalada de irritación. “Prácticamente todo lo que decís es falso”, disparó. Y enseguida, en un gesto políticamente revelador, le reclamó: “¿Puedo pedirte tus disculpas?”. Esa secuencia es mucho más grave de lo que parece. Porque muestra a un funcionario que invierte la lógica republicana: el que debe dar cuentas actúa como si el ofendido fuera él.

Ahí está, en miniatura, el tipo de gobierno que hoy tenemos delante. Un gobierno que considera que preguntar molesta, que explicar es opcional y que la moral pública funciona como arma arrojadiza contra los otros, pero no como obligación propia. Un gobierno que construyó buena parte de su legitimidad prometiendo limpieza ética, fin de privilegios y ejemplaridad, y que ahora responde a las sospechas con una mezcla de superioridad, victimismo y blindaje político. No es un detalle de estilo. Es una concepción del poder.

Que Milei haya decidido respaldar a Adorni no es en sí mismo un escándalo; los presidentes sostienen o echan funcionarios. Lo importante es qué mensaje envía ese respaldo en este contexto. Se confirmó que el presidente tiene previsto asistir al informe de gestión que Adorni brindará el 29 de abril en la Cámara de Diputados. Lejos de tomar distancia frente a las preguntas abiertas, el jefe del Estado elige acompañarlo políticamente. Es su derecho. Pero también es una definición: frente a la duda pública, primero el cierre de filas.

Por eso, cuando se habla del “Estado mínimo”, conviene precisar de qué mínimo se trata. Porque una cosa es discutir tamaño, eficiencia o gasto. Otra muy distinta es desertar del mínimo bienestar, del mínimo decoro y del mínimo respeto institucional. Un Estado serio no es solo el que baja un índice. Es también el que evita que el asalariado pierda sistemáticamente contra los precios. El que no convierte al jubilado en una variable de ajuste. El que entiende que la prensa pregunta porque esa es su función. El que no se enamora tanto de su propio relato moral como para creer que la sola invocación de la pureza lo exime de rendir cuentas.

En el fondo, el gobierno de Milei se está volviendo reconocible por una fórmula muy concreta: rigor para el de abajo, comprensión para el de arriba; austeridad como mandato social, excepcionalidad como derecho del poder; promesa futura para el trabajador, respaldo presente para el funcionario. Así no nace una república moralmente renovada. Así se consolida otra cosa: una administración del sacrificio ajeno, narrada como virtud, mientras el que pregunta es tratado como un insolente y el que no llega a fin de mes debe conformarse con esperar la próxima promesa.

Porque ninguna economía se ordena de verdad si para ordenarla hay que desordenarle la vida a casi todos. Y ningún gobierno puede hablar seriamente de moral pública cuando el trabajador pierde, el jubilado se encoge, el funcionario se irrita y el presidente aplaude desde el palco. Eso no es un cambio moral. Eso es poder en estado puro, con discurso de salvación y reflejos de impunidad.

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