Hace apenas dos décadas, muchas rutinas que hoy parecen prehistóricas eran parte natural de la vida diaria. El teléfono fijo ocupaba un lugar central en la casa, las fotos se revelaban y se guardaban en álbumes, el almacenero anotaba en la libreta y la televisión marcaba el horario familiar. Nadie hablaba de algoritmos, billeteras virtuales ni videollamadas. La vida tenía otro ritmo.
El cambio no fue brusco; fue silencioso. Primero llegó Internet, después los celulares inteligentes y, casi sin darnos cuenta, la pantalla pasó a organizar la agenda, el trabajo, el ocio y hasta los vínculos. Hoy se compra sin efectivo, se paga con transferencias, se consumen series completas en plataformas como Netflix y se conversa por mensajes de voz más que cara a cara.
También cambió la manera de trabajar. Antes la estabilidad era un objetivo casi innegociable: ingresar a una empresa y proyectar allí el futuro. Ahora predominan la flexibilidad, el trabajo remoto y la adaptación constante. La idea de permanencia fue reemplazada por la necesidad de reinventarse.
El entretenimiento dejó de tener horario fijo. La espera semanal por un capítulo fue sustituida por el consumo inmediato. La música ya no se acumula en discos ni en CD; vive en la nube. Las noticias no se esperan al día siguiente: llegan en tiempo real y se actualizan minuto a minuto.
Pero el cambio más profundo no es tecnológico, sino cultural. La paciencia se acortó, la inmediatez se volvió norma y la comparación permanente —impulsada por redes sociales— modificó la percepción del éxito y la felicidad. Estamos más conectados que nunca, aunque muchas veces más dispersos.
La pregunta no es si antes era mejor. Es entender cómo una generación pasó del mundo analógico al digital en un abrir y cerrar de ojos. Y cómo, en medio de esa transformación acelerada, intentamos no perder lo esencial: el encuentro, la conversación sin interrupciones, el tiempo sin notificaciones.
El mundo cambió sin pedir permiso. Y nosotros cambiamos con él.