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INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO: Cuando lo ajeno se toma por pista

15/03/2026

Ni Iván, ni la Asociación de Skate de Santiago del Estero invocada en el lugar, ni la excusa del deporte convierten un edificio privado en construcción en un espacio disponible para el uso personal de nadie.

Hay una enfermedad social que avanza en silencio y después nos sorprende cuando estalla en formas más graves. Empieza así, con escenas que algunos trivializan, otros celebran y casi nadie se detiene a pensar en serio: un grupo de jóvenes en skate usando un edificio privado en construcción como si fuera una pista propia, como si lo ajeno pudiera transformarse por un rato en patrimonio de la adrenalina. Como si la sola energía de la juventud alcanzara para suspender reglas básicas de convivencia.

No alcanza.

Un edificio privado en construcción no es una plaza. No es una pista. No es un playón. No es un club. No es una escenografía libre para que cualquiera monte allí su espectáculo personal. Y aunque en el lugar se haya erigido protagonista un tal Iván y la Asociación de Skate de Santiago del Estero como cobertura o referencia, ni un nombre propio ni el nombre de una institución mencionada al pasar cambian la esencia del hecho: lo ajeno no se usa porque a uno le gusta, le sirve o le da vértigo.

Ese debería ser el principio. Uno elemental. Uno tan básico que avergüenza tener que explicarlo.

Pero estamos en una época en la que demasiadas cosas necesitan ser recordadas desde cero. Que la libertad no es hacer lo que se quiere. Que el deporte no es patente de corso. Que la recreación no es un permiso universal. Que el entusiasmo no deroga la propiedad privada. Y que la cultura urbana, si quiere respeto, no puede construirse sobre la idea infantil de que un edificio vacío, a medio hacer o sin custodia visible es tierra de nadie.

Porque además hay algo obsceno en la lógica que subyace a estas conductas. Esa lógica de apropiación transitoria. Esa costumbre de creer que si el dueño no está mirando, entonces el límite desaparece. Que si el lugar es atractivo para una foto o una pirueta, entonces ya tiene un nuevo destino. Que si la actividad parece simpática, el abuso deja de ser abuso. Es una pedagogía miserable: enseña que el deseo propio vale más que la norma común. Que el capricho está por encima del derecho ajeno. Que todo puede ser tomado si se lo reviste de una excusa más o menos cool.

Y no, no es un detalle menor. Es exactamente así como se va erosionando una sociedad. No de golpe. No siempre con grandes escándalos. A veces con estos pequeños ensayos de impunidad socialmente tolerada. Con esta viveza decorada de deporte. Con esta costumbre de disfrazar de expresión lo que, en el fondo, no deja de ser una invasión impropia de un espacio privado.

Encima, en este caso no se trata solo de una cuestión de límites abstractos. Hay una irresponsabilidad material, física, concreta. Un edificio en construcción es un lugar riesgoso. Tiene desniveles, hierros, bordes, materiales sueltos, estructuras incompletas, superficies inestables. No hace falta una tragedia para entender que el peligro está ahí. Y cuando pasa algo, llega la hipocresía de siempre: nadie sabía, nadie autorizó, nadie organizó, nadie se hace cargo. Pero mientras tanto alguien decidió que ese lugar podía ser utilizado como patio de recreo ajeno.

Ahí es donde el asunto deja de ser una travesura y se vuelve un síntoma.

Porque si realmente hubo una invocación de la Asociación de Skate de Santiago del Estero, la cuestión es incluso más delicada. Una asociación debería ordenar, representar, cuidar, promover espacios adecuados y reclamar políticas públicas serias para su disciplina. No arrastrar su nombre —si es que efectivamente fue usado— a una escena en la que un edificio privado termina convertido en utilería de uso personal. Eso no fortalece al skate. Lo daña. No le da legitimidad. Se la quita. Porque todo deporte que quiera reconocimiento debe empezar por respetar aquello que exige a los demás: reglas, ámbitos y responsabilidades.

Y sobre Iván, que se presentaba en nombre de esa entidad, cabe decir algo sin rodeos: liderar no es ponerse al frente de una imprudencia. Representar no es usar una institución como escudo verbal mientras se borra el límite entre lo permitido y lo indebido. Si hubo conducción en esa escena, entonces hubo también una pésima señal. Porque no se estaba enseñando destreza. Se estaba enseñando otra cosa: que lo ajeno puede tocarse, tomarse y usarse si uno se siente suficientemente habilitado por sí mismo.

Ese es el verdadero veneno cultural de episodios así.

Después vienen los discursos ampulosos sobre ciudadanía, respeto, convivencia y responsabilidad. Pero en lo concreto, en la escena pequeña, cotidiana, tangible, se avala exactamente lo contrario. Se naturaliza que un grupo transforme propiedad privada en parque temático circunstancial. Se aplaude la audacia donde debería marcarse el límite. Se romantiza el atropello porque viene con ruedas, juventud y estética urbana. Y entonces todo se pudre un poco más.

No se trata de ser enemigos del skate. Se trata de no ser cómplices de la degradación del criterio. No se trata de condenar una práctica deportiva. Se trata de condenar el uso indebido de un espacio privado para fines personales. No se trata de discutir si el skate merece lugares. Por supuesto que los merece. Lo que no merece nadie es apropiarse de lo que no le pertenece mientras encima pretende vestir ese gesto de nobleza deportiva.

Una sociedad seria no puede aceptar que la falta de autorización quede licuada por la simpatía de la escena. No puede tolerar que el deporte funcione como coartada. No puede mirar para otro lado cuando se cruza una frontera tan simple. Porque cuando se empieza justificando estas cosas, lo que se está diciendo en el fondo es devastador: que el derecho ajeno vale poco si mi deseo es intenso.

Y eso ya no es recreación. Eso es decadencia moral con patineta.

Lo más grave no es siquiera que un edificio privado en construcción haya sido usado como pista improvisada. Lo más grave es la mentalidad que cree que eso puede defenderse. Que puede maquillarse. Que puede explicarse con el encanto bobo de la juventud o con el prestigio prestado de una asociación invocada. No. No hay maquillaje que alcance. Lo ajeno no se usa. Lo privado no se ocupa. Y cuando una sociedad deja de entender una verdad tan elemental, ya no está perdiendo el respeto por la propiedad: está perdiendo el respeto por sí misma.

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