Ayer, un chico de 13 años, Ian Cabrera, fue asesinado por un compañero de 15 dentro de una escuela de San Cristóbal, Santa Fe. El agresor entró armado con una escopeta escondida en un estuche de guitarra y disparó mientras los alumnos se preparaban para izar la bandera. Además, hubo otros heridos. Ese mismo día, en La Plata, se conoció el caso de un nene de 12 años que llegó al hospital con un balazo en la pierna izquierda y la principal sospecha apunta a su primo de 14, mientras la Justicia también investiga si hubo intento de encubrimiento familiar.
No son hechos iguales. Uno es, por su brutalidad, infinitamente más grave. Pero ambos comparten una advertencia: la violencia ya no está merodeando solamente en los márgenes de la sociedad. Está entrando en los vínculos más sensibles, en la escuela, en la familia, en la infancia, en la adolescencia. Está llegando allí donde una comunidad debería poner más cuidado, más ternura, más límites y más ejemplo.
Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que muchos prefieren esquivar porque obliga a mirar más arriba: ¿de dónde aprende un chico que la fuerza impone, que la humillación vale, que la agresión resuelve, que el otro puede ser un enemigo, una molestia o un blanco? Nadie nace con una escopeta en la cabeza ni con el gatillo en la lengua. Eso se mama. Se incorpora. Se naturaliza. Se escucha. Se ve. Se tolera. Primero como palabra. Después, como gesto. Más tarde como práctica. Y finalmente como tragedia.
El lenguaje no es inocente. Nunca lo fue. Cuando desde la política se insulta todos los días, cuando desde la dirigencia se degrada al adversario, cuando desde el poder se convierte al distinto en una basura descartable, lo que baja a la sociedad no es sólo un clima. Baja una pedagogía. Se enseña, de hecho, que la violencia no está mal si sirve para imponerse. Se legitiman la crueldad como método y la deshumanización como recurso. Y eso, tarde o temprano, encuentra traductores. A veces en militantes fanatizados. A veces en adultos rotos. Y a veces, lo más triste de todo, en chicos que todavía están formando su conciencia.
La palabra construye. Pero también habilita. Un padre que humilla, un dirigente que grita, un funcionario que desprecia, un comunicador que incendia, un docente que ridiculiza, un referente social que festeja la agresión verbal, todos van dejando marcas. Tal vez no vean el resultado de inmediato. Tal vez hasta se crean ingeniosos, valientes o “auténticos”. Pero cada palabra cargada de odio va modelando un permiso moral. El permiso de burlarse del débil. El permiso de disciplinar por miedo. El permiso de resolver por daño. El permiso de creer que el otro merece lo que le pase.
Y los chicos miran. Siempre miran. Aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. Si un niño crece en una casa donde la violencia verbal es rutina, entiende que amar también puede ser herir. Si crece en una sociedad donde el poderoso premia la humillación, aprende que ser fuerte consiste en aplastar. Si ve que la agresión da rating, votos, obediencia o silencio, termina asociando violencia con eficacia. Después nos escandalizamos cuando aparece el hecho consumado, pero el hecho consumado casi nunca nace de la nada. Viene precedido por una larga alfabetización en crueldad.

Por eso estos casos no deben ser leídos solo como policiales. Son también un espejo moral. En San Cristóbal, el horror fue tan abrupto que rompió el corazón de un pueblo entero: un adolescente muerto, chicos heridos, compañeros escapando por las ventanas, una comunidad educativa devastada. En La Plata, la escena es distinta, pero igual de perturbadora: un menor baleado, otro menor señalado, una familia bajo sospecha de haber intentado ocultar lo ocurrido. En ambos casos, lo que asoma es una infancia perforada por lógicas adultas que ya no contienen, ya no ordenan, ya no cuidan.
Y cuidado: esto no significa borrar responsabilidades individuales ni reemplazar la justicia por sociología. El que dispara, el que hiere, el que encubre, el que amenaza, debe responder en el marco de la ley. Pero una sociedad seria no se conforma con castigar al final. También se pregunta qué venía incubando antes. Porque cuando la violencia se vuelve paisaje, el delito deja de ser una excepción absoluta y empieza a parecer la forma extrema de una conversación social degradada.
Se ha vuelto común escuchar a adultos hablar delante de chicos como si estuvieran en una guerra permanente. Contra el vecino, contra el compañero, contra el periodista, contra el pobre, contra el distinto, contra el que piensa mal, contra el que molesta. Todo es “enemigo”. Todo es “basura”. Todo merece escarnio. Después pretendemos que niños y adolescentes administren con madurez emociones que los grandes ya no saben conducir. Les pedimos templanza en medio de una sociedad desquiciada que premia la provocación y castiga la empatía.
La verdadera autoridad no es la que mete miedo. Es la que ordena sin degradar. La que pone límites sin destruir. La que corrige sin gozar del castigo. La que enseña que el otro no deja de ser humano aunque piense distinto, aunque nos frustre, aunque nos incomode. Esa autoridad hoy está en crisis porque demasiados adultos renunciaron al ejemplo y demasiados dirigentes confundieron liderazgo con brutalidad.
Por eso el debate de fondo no es solamente sobre armas, protocolos escolares o intervención judicial, aunque todo eso importa y urge. El debate de fondo es ético y cultural. ¿Qué estamos sembrando en la cabeza y en el corazón de nuestros chicos? ¿Qué tipo de conversación pública les estamos dejando? ¿Qué clase de épica les proponemos? ¿La del respeto o la del arrasamiento? ¿La del cuidado o la del desprecio?
Si desde el poder político, dirigencial o familiar se emiten palabras de respeto, responsabilidad y límite, esas palabras también bajan. También contagian. También educan. También se hacen carne. Un discurso sano no garantiza una sociedad perfecta, pero ayuda a levantar defensas morales. En cambio, un discurso violento, insistente, impune, repetido y hasta celebrado termina fabricando clima, y el clima termina fabricando hechos.
No hay tesoro más grande para una sociedad que sus niños y sus jóvenes. Y no hay fracaso más grande que entregarles un mundo donde la agresión sea lenguaje corriente y la crueldad una forma de prestigio. Cuando un chico mata a otro en la escuela, o cuando un nene termina baleado en una trama familiar turbia, no alcanza con llorar el espanto. Hay que revisar el espejo. Hay que animarse a decir que la violencia no brota sola: se incuba en los discursos, se naturaliza en los ejemplos y un día, de golpe, pide sangre.
Y ahí ya es tarde para los discursos correctivos. Porque las palabras, cuando llegan tarde, solo sirven para comentar la desgracia que antes ayudaron a sembrar.