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INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO: Cuando el basural deja de ser "paisaje" y se convierte en mesa profana del hambre

19/02/2026

Una joven de 19 años murió víctima de desnutrición extrema. El caso se viralizó y se politizó. Y, aun así, amenaza con volverse otra noticia.

Por Xavie Maria Ferrera Peña

Hay noticias que deberían romper algo adentro. Deberían interrumpir la sobremesa, frenar el dedo que scrollea, obligar a mirar. Pero no. Hay noticias que pasan como pasan los colectivos vacíos a la madrugada: hacen ruido, pero nadie se asoma.

En Caleta Olivia, Santa Cruz, murió una joven de 19 años. La historia se contó —como se cuentan tantas— con una frase que ya no escandaliza lo suficiente: comida del basural, familia vulnerable, hermanitos internados. La tragedia ocurrió en la Patagonia, sí. Pero el mapa es anecdótico: podría haber pasado en cualquier provincia. Porque el verdadero territorio de esta noticia no es Santa Cruz. Es un país entero aprendiendo a vivir con el abismo sin sentir vértigo.

El caso estalló públicamente en medio de versiones cruzadas. El dato firme es que la joven ingresó al Hospital Zonal "Padre Pedro Tardivo" el 6 de febrero con un cuadro grave. El hospital informó que llegó con sepsis (con foco a determinar, "respiratorio y/o abdominal") y con comorbilidades previas que condicionaban su estado. Permaneció internada en terapia intensiva y falleció el 16 de febrero.

En el mismo comunicado se precisó que la madre fue atendida en guardia el 8 de febrero y dada de alta ese día, y que tres hermanos (3, 8 y 13 años) permanecían internados en pediatría, con evolución favorable y fuera de peligro.

Las primeras publicaciones y el impacto en redes giraron alrededor de una hipótesis brutal: la supervivencia a partir de residuos.

La pobreza no siempre grita: a veces apenas respira

En los relatos recogidos por la prensa local aparece lo que el expediente social suele esconder: menores con problemas sanitarios, condiciones indignas, una casa al margen de todo. Se habló de una joven con desarrollo físico afectado por la desnutrición y de obstáculos burocráticos como no contar con DNI, incluso para avanzar con trámites posteriores.

Y acá está el punto crucial: aunque mañana la Justicia descarte que "comió basura" como causa directa, nada de eso limpia el escenario. Porque el corazón de la historia no es una intoxicación. Es una vida atravesada por la intemperie social. Es la pregunta que nadie quiere responder en voz alta: ¿cómo llega una familia a vivir —literalmente— de lo que otros tiran?

"Crimen de Estado": cuando la consigna intenta nombrar lo innombrable

Entre las reacciones, una definición se impuso como latigazo: el Partido Obrero local calificó el hecho como "un crimen de Estado".

La frase divide aguas, claro. Pero no debería distraer. Porque, más allá del rótulo, lo que denuncia esa expresión es algo elemental: cuando el hambre, la desnutrición y la exclusión se vuelven paisaje, el problema deja de ser individual. Se vuelve sistémico.

No se trata de discutir si la palabra es jurídicamente exacta. Se trata de entender por qué fue necesaria. Por qué mucha gente sintió que no alcanzaba con decir "tragedia". Porque "tragedia" suena a destino. Y lo que pasó —lo que pasa— no es destino: es construcción.

Los números que bajan y el hambre que persiste

Argentina discute estadísticas como quien discute el clima. Si baja la pobreza en una medición, se festeja; si sube, se condena. Pero la vida real no siempre calza en el gráfico.

El INDEC informó que en el primer semestre de 2025 la pobreza alcanzó al 31,6% de las personas y la indigencia al 6,9% en los 31 aglomerados urbanos relevados. Y hay un dato que debería perseguir a cualquier dirigente que diga "vamos bien": 45,4% de los chicos de 0 a 14 integraron hogares bajo la línea de pobreza.

En paralelo, la UCA advirtió que la inseguridad alimentaria en la infancia es un problema estructural: "casi 4 de cada 10" niños, niñas y adolescentes la padecen.

Y UNICEF, con datos de encuestas propias, lo dijo sin eufemismos: millones de chicos comen peor no por moda, no por elección, sino por plata que no alcanza. En 2024, informó que unos 10 millones de niñas y niños consumían menos carne y lácteos por falta de dinero, y que más de un millón dejó de comer alguna comida diaria por esa misma razón.

Entonces, sí: pueden mejorar indicadores. Puede haber descensos. Pero el país real sigue mostrando zonas donde la supervivencia no es un derecho: es una ruleta.

La noticia que se vuelve rutina: el monstruo caramelizado

Lo más aterrador de Caleta Olivia no es el basural. Es la reacción social que empieza a parecerse al cansancio. Leemos, fruncimos el ceño, compartimos, discutimos un rato… y seguimos. Como si el horror hubiera sido incorporado a la dieta informativa, como si fuera parte del paquete.

Caramelizamos la figura del monstruo. Lo cubrimos de azúcar para poder tragarlo. Lo convertimos en anécdota, en "qué país", en "qué vergüenza", en indignación de diez minutos. Después, otra cosa. Otro video. Otra pelea. Otra agenda.

Y, mientras tanto, hay muertes que no llegan a tapa.

Porque la muerte por pobreza suele ser lenta, burocrática, silenciosa. No siempre hay sangre. A veces hay papeles. A veces hay una historia sin DNI, sin controles, sin redes, sin Estado. A veces hay un hospital que hace lo que puede —y un sistema que llega tarde—.

¿Cuántas muertes no llegan a las portadas?

Esa pregunta es un espejo. Y lo que refleja asusta: tal vez no es que "no llegan". Tal vez dejamos de buscarlas.

No es que no existan. Es que el país aprendió a convivir con ellas: a naturalizarlas, a archivarlas, a ponerles un título corto y seguir. Como si hubiera vidas destinadas a quedar al pie de página.

Y ahí aparece lo verdaderamente devastador: la muerte no es el final de esta historia. El final es que esto ya no nos parece imposible.

Porque el abismo no se abre de golpe. Se abre de a centímetros. Y un día, cuando una joven muere en el borde de un basural y el país lo lee sin horror sostenido, entiendes que el monstruo no estaba ahí afuera.

El monstruo —el verdadero— es esta época en la que una vida puede extinguirse por intemperie social, y nosotros, del otro lado de la pantalla, seguimos como si nada.

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