Por Xavier Maria Ferrera Peña
Carnaval es la licencia popular para invertir el mundo por un rato: el que trabaja se disfraza de rey, el tímido se pone plumas, el barrio se vuelve escenario. Hay espuma, música, una alegría que no pide permiso. Y después, mañana, se termina. Porque el Carnaval, en la vida real, tiene una virtud democrática: dura poco.
En la política argentina, en cambio, el carnaval a veces se instala como sistema. No como fiesta, sino como método: se grita, se exagera, se promete, se niega lo dicho, se cambia de máscara en pleno corso… y cuando el vecino pregunta “¿qué pasó con lo que juraste?”, aparece el truco más viejo: la culpa es de otro. De “la casta”. Del pasado. Del Congreso. De los gobernadores. De los periodistas. Del clima. Del mapa. De cualquiera. Menos del que manda.
Hoy, martes 17 de febrero de 2026, cumplo 55 carnavales; el calendario oficial marca feriado inamovible. Y la pregunta pica como serpentina mojada: si el Carnaval termina mañana, ¿hasta cuándo sigue el carnaval nacional? Desde que nací parece eterno.
El carnaval no miente: el que miente es el disfraz
Hay una diferencia clave entre el Carnaval de verdad y el carnaval político: el primero es honesto. Nadie te dice “esto es realidad”; te dice “esto es un juego”. Te pones una máscara sabiendo que es máscara. En política, en cambio, el problema es cuando la máscara se vende como cara.
Ahí entra el corazón del paralelismo: promesas convertidas en merchandising, frases lapidarias convertidas en estampitas, juramentos convertidos en clips. La política espectáculo tiene ese vicio: confunde volumen con verdad, grito con programa, furia con destino.
Y cuando el Estado toca a los más frágiles —jubilados que cuentan monedas, familias con discapacidad peleando prestaciones, despedidos que pasan de un escritorio a la intemperie— el “carnaval” ya no es metáfora: es un golpe de realidad. Porque en esas vidas no hay espuma: hay farmacia, alquiler, comida, colectivo y ansiedad.
“Antes de subir un impuesto…”: la frase que se convirtió en espejo
En campaña, Javier Milei jugó fuerte con la épica del límite moral. Entre sus frases más citadas figura esta: “Antes de subir un impuesto o crear un impuesto me corto un brazo”. La dijo, por ejemplo, en el marco electoral de 2021.
Esa frase no es solo un exabrupto. Es una promesa performática: no promete una política pública; promete una identidad. Te dice: "Yo soy el que nunca haría eso" Y cuando una identidad se construye así, la contradicción no se discute: se disimula.
Porque el Estado real —ese monstruo cotidiano de decretos, urgencias, caja y parches— no siempre calza con el eslogan. Un ejemplo concreto y documentado: en diciembre de 2023 se modificó por decreto la alícuota del impuesto PAIS para ciertas operaciones vinculadas a importaciones, llevándola al 17,5%, según el texto oficial del Decreto 29/2023.
¿Eso invalida toda una gestión? No. Pero sí pincha el globo del relato perfecto. Y cuando el globo se pincha, empieza el problema político de fondo: si la palabra no vale, ¿qué vale? ¿El insulto? ¿El enemigo de turno? ¿El trending topic?
Al Capone en la comparsa: cuando el héroe es el atajo
El carnaval político no solo es prometer y después reacomodar: también es redefinir moralmente lo que antes era inaceptable. En esa lógica entra una escena que quedó registrada y reflotó en medios: Milei, en una aparición televisiva vinculada a su paso por Paraguay, defendió el contrabando como forma de “evitar al fisco” y llegó a mencionar a Al Capone como “uno de mis grandes héroes”, según la reconstrucción periodística y el video citado.
Acá no se trata de moralina. Se trata de entender el impacto cultural de lo que se dice desde arriba: cuando el poder legitima el atajo, el atajo se vuelve “viveza”, después “derecho” y, finalmente, regla invisible. Y la regla invisible se paga con algo que no sale en ninguna planilla: confianza pública.
Un país no se rompe solo por inflación o déficit. Se rompe cuando la gente concluye que la ley es para tontos, que cumplir es perder, que el que se salva es el que evade, el que grita, el que pisa al otro. Ese es el carnaval triste: el que deja resaca social.
Los jubilados, las personas con discapacidad y los expulsados: las víctimas no son metáfora
En todo corso hay comparsa y hay público. En el carnaval nacional hay “relato” y hay “costo”. Y el costo no cae parejo.
Te dije que hoy cumplo 55 años. Lo que omití al comienzo y lo narro porque es público y porque puede ayudar a algunas personas a no sentirse solas, es que, como muchos en este país, vivo con una discapacidad permanente.
Por mis malas decisiones de vida contraje cáncer de vejiga a los 48 años, una rara especie de ese tumor feo que amenaza todos los segundos con matarte. Me extirparon la vejiga y la próstata. Vivo con tres bolsas adheridas al cuerpo (sé que molesta que te lo cuente): Dos de urostomía, para orinar, y una de colostomía para defecar.
El bicho hizo metástasis en el pulmón justo cuando lo estaban extirpando y por eso mi oncólogo estimó que la inmunoterapia es la mejor solución de sobrevida. Te lo cuento para que sepas que conozco la realidad de quienes voy a hablar porque soy parte de ellos. Porque me tocó y porque tengo la posibilidad inapreciable de ser una persona de medios.
PAMI hizo caso omiso al tratamiento; hace casi tres meses que espero catéteres que debo cambiar cada mes y que cuestan una fortuna. Me cambió antojadizamente la inmunoterapia por la quimioterapia porque es más barata y menos efectiva. Me provee un tercio de las bolsas que necesito adherir a mi cuerpo para hacer mis necesidades fisiológicas básicas.
Podrás pensar que me ganó la decrepitud, que eso de "pañal cagado" me comprende. Creo que ni a mí ni a nadie. Pero no. Soy el mismo de siempre, adaptado a otra realidad. Eso es lo imperdonable mayúsculo de este Gobierno: Cosificar lo humano. Es un plan, no es yerro. Está calculado al milímetro. La tesis económica de que aquel que no produce es un costo. No importa cuánto aportó el costo. No sirve. Fue.
Eso es Milei. Ese es su gobierno. Vivo en la ciudad, soy instruido, tengo amigos y familia abogados. Puedo. Acudo a la justicia, levanto la voz. Quien no puede, se muere.
El jubilado no discute filosofía libertaria: discute si llega a fin de mes sin saltear remedios.
La discapacidad no es una consigna: es una familia organizando terapias, traslados, certificados, trámites y miedo.
El despedido del organismo nacional no es un número: es alguien que quedó sin sueldo, sin rumbo, muchas veces sin red.
Se puede discutir si el ajuste era necesario. Se puede discutir la herencia, el déficit, el desorden. Todo eso es legítimo. Lo que no es legítimo es hacer de la fragilidad un efecto especial.
Porque el carnaval político más peligroso es el que convierte el dolor ajeno en escenografía: “son privilegios”, “son curros”, “son ñoquis”, “son la casta”. Puede haber curros, claro. Pero si tu filtro es una topadora, vas a romper lo que funciona, lo que sostiene, lo que cuida.
Doble discurso: la máscara que más dura
El doble discurso no siempre es decir A y hacer B. A veces es más sofisticado: es decir A y, cuando haces B, afirmar que en realidad también hiciste A.
Es la gimnasia verbal de época: subo un impuesto pero “bajé impuestos” porque recorté gasto; elogio al contrabandista pero “defiendo la libertad”; despido pero “ordeno”; recorto prestaciones pero “elimino intermediarios”.
Eso puede funcionar en redes. Puede funcionar en un set de streaming. Puede funcionar un tiempo en la televisión. Pero en la calle —la calle que compra, viaja, se enferma, se endeuda— al doble discurso le pasa lo que a la espuma: se desinfla.
¿Hasta cuándo sigue el carnaval nacional?
Hasta que la sociedad decida que el show no alcanza.
Y acá viene lo duro —lo que muchos esquivan porque duele—: en democracia, el carnaval de la política no existe solo por el político. Existe también por el público que lo premia. No es Carnaval el que tiene la culpa. Es el pueblo… o, si quieres, dicho sin desprecio pero con la misma firmeza: la ciudadanía que lo eligió y lo sostiene.
No para castigarnos. Para asumir lo adulto: Votar tiene consecuencias. Aplaudir a un personaje tiene costo. Consumir política como espectáculo termina, tarde o temprano, en realidad sin maquillaje.
Hoy, martes 17 de febrero, se termina el feriado de Carnaval. Se guardan los trajes, se lavan las máscaras, se apaga la música. Ojalá, de una vez, empecemos a exigir lo mismo en la política: menos comparsa y más verdad; menos personaje y más persona; menos grito y más responsabilidad.
Porque un país no se arregla con espuma. Se arregla cuando la palabra vuelve a valer.