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INFORME EXCLUSIVO NUEVO DIARIO: Abrir sin reglas: cuando la industria se debilita, pierde toda la sociedad

09/02/2026

La apertura de importaciones puede ayudar si es ordenada. Pero sin condiciones parejas, en un contexto de caída del consumo y ajuste, termina dañando empleo, producción y economías regionales, con un impacto especial en el NOA.

Por José María Cantos

Presidente de la UISDE

Miembro del Consejo Directivo de la UIA

Hay una escena que se repite en muchas ciudades del país y no siempre llega a los titulares: una fábrica que reduce turnos, un proveedor que cobra tarde, un transportista que hace menos viajes, un trabajador que pasa de la certeza a la incertidumbre. No son “datos”. Son vidas reales.

Como presidente de la UISDE y miembro activo de la UIA, recorro plantas, converso con equipos de trabajo, con dueños de pymes, con industrias medianas y grandes, y con quienes sostienen la cadena productiva desde lugares que no siempre se ven: talleres, servicios, logística, mantenimiento. Y hoy la industria argentina atraviesa un momento delicado. No se trata de dramatizar: se trata de describir con honestidad qué está pasando.

El estado de la industria: Del producir al resistir

Después del ajuste, muchas empresas entraron en un modo que nadie desea: sostenerse como se pueda. Cuando el consumo cae, cuando el financiamiento se vuelve inaccesible, cuando los costos suben y la previsibilidad desaparece, la fábrica deja de pensar en crecer. Piensa en aguantar.

En la práctica, eso se traduce en medidas conocidas: se frenan inversiones, se posponen compras de maquinaria, se reducen horas, se reorganizan líneas, se estiran pagos, se busca no cortar la cadena de proveedores. A veces se recurre a suspensiones para evitar despidos, con la expectativa de que la actividad se recupere. Pero todo tiene un límite: una industria no se sostiene indefinidamente con el motor a media máquina.

En ese contexto aparece con fuerza el debate por la apertura de importaciones. Y vale decirlo con claridad: importar no es malo por definición. El problema es cómo, cuándo y con qué reglas se hace.

José María Cantos - Presidente de la Uisde - Miembro de la UIA.

José María Cantos - Presidente de la Uisde - Miembro de la UIA.

 

Importar puede ser una herramienta. Abrir sin orden puede ser un golpe

Un país productivo necesita importar insumos, partes, tecnología y bienes de capital que mejoren su capacidad de producción. Eso es razonable y, muchas veces, necesario. El conflicto aparece cuando se habilita el ingreso de producto terminado, compitiendo de manera directa con lo que se fabrica en Argentina, sin asegurar condiciones mínimas de competencia justa.

Porque “competir” no significa “dejar a cada uno librado a su suerte”. Competir requiere una cancha equilibrada. Y hoy esa cancha no está equilibrada.

Una pyme industrial argentina enfrenta costos e impuestos, logística interna, dificultades de financiamiento y una demanda debilitada. Mientras tanto, muchos productos importados llegan desde economías con escalas mayores, financiamiento más accesible y estructuras de costos distintas. Cuando esa diferencia se traduce en precios que la industria local no puede igualar, el resultado suele ser previsible: primero se achica la producción, luego se pierde empleo y finalmente cierran empresas.

Esto no se limita a un rubro. Se ve en textiles e indumentaria, en calzado, en muebles, en línea blanca, en pequeños electrodomésticos. Se ve también en metalmecánica, en autopartes, en talleres que fabrican piezas o repuestos, en industrias que abastecen al agro o a otras plantas. Y cuando esa cadena se rompe, no solo se pierde un producto: se pierde una capacidad.

Lo que ocurre en el NOA: el impacto es mayor

En el NOA el efecto se siente con más fuerza por una razón simple: en muchas ciudades una fábrica no es “una empresa más”. Es uno de los principales motores del empleo privado y de la economía local.

Cuando una planta reduce turnos en Tucumán, Santiago del Estero, Salta, Jujuy, Catamarca o La Rioja, el golpe no queda adentro del portón. Se extiende. Porque alrededor de esa industria hay transporte, servicios, proveedores pequeños, comercios, técnicos, mantenimiento, gastronomía, contratistas. Es una red que sostiene ingresos y actividad. Y cuando esa red se enfría, se enfría toda la ciudad.

Además, en el interior profundo, la alternativa laboral suele ser más limitada. Por eso, cuando se pierde un empleo industrial formal, la familia no “se reacomoda” fácilmente. Muchas veces aparece la informalidad, la migración o la caída directa del consumo, lo cual retroalimenta el problema.

Por eso, hablar de importaciones en Argentina no es hablar solo de “comercio exterior”. Es hablar del modelo de desarrollo y de cómo se sostiene la vida cotidiana en regiones enteras.

“Si importan, bajan los precios”: una promesa que puede durar poco

Es lógico que muchas personas miren este tema desde el bolsillo. Nadie es indiferente al precio de los alimentos, la ropa o los electrodomésticos. Sería irresponsable negar esa preocupación. Pero también es necesario mirar la película completa.

Primero: Si la apertura desplaza producción local en un contexto de demanda débil, el impacto sobre el empleo puede ser rápido. Y cuando cae el empleo, cae el consumo. El precio más bajo de hoy puede terminar siendo el problema mayor de mañana.

Segundo: Los precios bajos no siempre son permanentes. En algunos casos, el ingreso masivo de productos funciona como una estrategia para ganar mercado. Si en el camino se debilita o desaparece parte de la competencia local, después quedan menos opciones reales. Y con menos competencia, los precios no bajan: tienden a subir.

Tercero: También está la cuestión de la calidad, la garantía y el servicio posventa. En muchos productos, especialmente en el interior, el costo real aparece cuando no hay repuestos, no hay técnicos, no hay respaldo o el producto dura menos. Eso también afecta el bolsillo, aunque no se vea al momento de comprar.

No se pide cerrar la economía: se pide equilibrio y previsibilidad

Es importante despejar una idea: defender la industria nacional no es pedir privilegios. Es pedir condiciones razonables para producir, invertir y sostener empleo.

La industria argentina no necesita discursos grandilocuentes. Necesita reglas claras y herramientas concretas:

• Competencia leal y defensa comercial cuando existan prácticas desleales (como dumping o subfacturación). Esto es estándar en el mundo, no una rareza local. • Crédito productivo y accesible, porque sin financiamiento la modernización es un eslogan.

• Previsibilidad normativa y macroeconómica para planificar precios, compras, inversión y empleo.

• Facilitar la importación de insumos y bienes de capital que aumenten la productividad, pero ser cuidadosos con el producto terminado cuando afecta directamente cadenas de empleo local.

• Compras públicas con criterio federal, considerando el impacto que tiene la industria en regiones como el NOA.

• Una agenda exportadora real, porque el industrial argentino quiere vender al mundo; pero para exportar se necesita escala, logística, costos razonables y estabilidad.

Dicho en términos simples: se puede abrir la puerta, pero no se puede abrir sin mirar. Porque si entra cualquier cosa en cualquier momento, la industria local pierde la capacidad de sostenerse.

Lo que está en juego: trabajo, conocimiento y tejido social

Una fábrica puede frenar en semanas. Pero recuperar una cadena industrial lleva años. No se trata solo de máquinas o galpones. Se trata de conocimiento, oficios, técnicos, calidad, proveedores, hábitos de trabajo, inversión acumulada. Eso no se reemplaza de un día para otro.

Cuando una empresa cierra, no pierde solo el empresario. Pierde el trabajador que sostenía su hogar. Pierde el proveedor que vivía de entregar insumos. Pierde el comercio que vendía en el barrio. Pierde la ciudad que tenía movimiento. Y en el NOA, esa pérdida es todavía más sensible porque el tejido productivo tiene menos reemplazos.

Por eso, cuando se discute apertura de importaciones, no se discute un detalle técnico. Se discute si queremos un país que produzca, incorpore valor y sostenga empleo formal en todo el territorio, o un país que se limite a consumir lo que otros producen.

La Argentina necesita orden, inversión y crecimiento. Y eso incluye una política industrial razonable: moderna, exigente, orientada a exportar, pero también consciente de que el trabajo y la producción son la base de una sociedad estable.

Abrir la economía no es un objetivo en sí mismo: es una herramienta. Si se usa sin reglas y sin transición, puede destruir lo que después cuesta décadas reconstruir. Defender la industria es defender el trabajo, especialmente en el interior y el NOA, donde una fábrica no es una estadística: es el pulso de una comunidad.

 

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