Por Xavier María Ferrera Peña
Hay momentos en los que el silencio no es cobardía.
Es decencia.
Y hay otros en los que hablar, sobreactuar o exhibirse equivale a cavar todavía más hondo el pozo del descrédito. Eso es lo que ocurre con el video que comenzó a circular en Santiago del Estero y que, según se afirma, muestra a Mariano Páez, padre de Agostina Páez, en un bar, burlándose de los brasileños y de la Justicia de Brasil.
Si efectivamente se trata de él, no estamos ante una escena menor, ni ante una postal pintoresca de trasnoche. Estamos ante algo bastante más grave: una demostración obscena de arrogancia, una provocación innecesaria y una forma de canallada pública que convierte un episodio delicadísimo en una especie de sainete de bar.
Lo primero que salta a la vista no es la euforia.
Es el desprecio.
Desprecio por el dolor social que un caso así generó. Desprecio por la sensibilidad de un país entero. Desprecio por las instituciones judiciales de otra nación. Y, sobre todo, falta de consideración por el sentido de contexto que se espera de quienes comprenden la dimensión humana, política y pública de los eventos.
Porque no hace falta escuchar un discurso para comprender un mensaje. A veces alcanza con ver una actitud. Un cuerpo que se exhibe, una mueca sobradora, una escena armada desde la fanfarronería. Todo eso también comunica. Y lo que aquí comunica, si la identificación es correcta, es devastador: “nos reímos de todo”. De Brasil. De su justicia. Del escándalo. Del repudio. Del límite.
Eso es lo verdaderamente repugnante.
No hay aquí un gesto de alivio familiar. No hay recogimiento. No hay mesura. No hay siquiera el decoro básico de quien entiende que hay situaciones que no admiten festejo, ironía ni payasada. Lo que hay es una puesta en escena miserable, propia de quienes creen que la humillación ajena puede convertirse en entretenimiento y que la gravedad de los hechos puede licuarse entre risas, música y alcohol.

Pero no.
No se licúa.
Por el contrario, se agrava.
Porque cada vez que alguien del entorno de un caso así decide actuar con soberbia, lo que hace es confirmar la peor sospecha social. Que nunca hubo verdadera comprensión del daño. Que nunca hubo registro cabal del escándalo. Que no existe arrepentimiento, sino apenas fastidio por las consecuencias. Y que, en el fondo, lo que molesta no es lo ocurrido, sino haber quedado expuestos.
Un video así, si de verdad corresponde a quien se señala, pulveriza cualquier tentativa posterior de victimización. Arrasa con cualquier libreto de prudencia. Hace añicos cualquier esfuerzo por reconstruir una imagen pública. Porque hay escenas que valen por cien comunicados. Y esta es una de ellas: el instante exacto en que la vergüenza deja de ocultarse y directamente se convierte en espectáculo.
En ese punto ya no hay error.
Hay elección.
La elección de burlarse. La elección de provocar. La elección de exhibir una impunidad plebeya, ordinaria, ruidosa, de esa que no necesita un cargo ni una investidura para resultar ofensiva. Le alcanza con una actitud. Le sobran con una carcajada fuera de lugar. Le basta con esa insolencia berreta del que cree que todo puede degradarse hasta volverse chiste.
Y eso, además de ordinario, es peligroso.
Esto normaliza una pedagogía perjudicial: el agravio como entretenimiento, el descrédito institucional como astucia y la indiferencia como principio moral. Una sociedad seria no puede mirar esas escenas con indulgencia. Tiene que leerlas por lo que son: síntomas de una degradación ética profunda.
Si el video es real y si el hombre es, efectivamente, Mariano Páez, lo que quedó expuesto no es una anécdota social. Es una radiografía moral. Y el resultado es pésimo. No por el baile en sí, sino por lo que el baile representa: la celebración de la falta de respeto, la banalización del conflicto y la exhibición obscena de una insensibilidad que da vergüenza ajena.
Porque a veces una persona queda definida por una idea.
A veces, por una palabra.
Y a veces, tristemente, por el modo en que elige reírse cuando lo único que debería sentir es pudor.
Si esa escena es auténtica, no retrata fortaleza ni alivio. Retrata miseria. La miseria moral de quien, frente a un episodio gravísimo, no encontró una sola cuota de grandeza para callarse. Y cuando alguien decide bailar sobre el escándalo, ya no hace falta desenmascararlo: se desnuda solo.