El estrés no es simplemente “estar preocupado”. Es una respuesta biológica natural. Cuando el cerebro percibe una amenaza —ya sea un peligro real o una preocupación laboral o familiar— activa una alarma interna.
Esa alarma acelera el corazón, tensa los músculos y libera hormonas como el cortisol y la adrenalina. El objetivo es prepararnos para reaccionar. En pequeñas dosis, este mecanismo es útil e incluso necesario: nos ayuda a rendir mejor, a estar atentos y a resolver situaciones difíciles.
El problema aparece cuando esa alarma nunca se apaga.
¿Qué ocurre cuando el estrés se vuelve crónico?
Si vivimos diariamente bajo tensión, el cuerpo comienza a desgastarse. El cortisol elevado de manera constante puede:
- Aumentar la glucosa en sangre, liberando energía rápida aunque no la necesitemos.
- Elevar los triglicéridos y la presión arterial.
- Mantener el corazón trabajando con mayor intensidad y los vasos sanguíneos contraídos.
Además, la tensión sostenida provoca señales físicas claras
- Bruxismo (apretar los dientes sin notarlo).
- Dolores musculares y de cabeza.
- Problemas digestivos, porque el cuerpo prioriza “sobrevivir” antes que digerir.
- Mayor caída del cabello cuando el estrés se prolonga durante semanas o meses.
Impacto en la mente
Cuando el cerebro permanece en “modo alarma”, también se agota. Aparecen la fatiga mental, la dificultad para concentrarse y los cambios en el estado de ánimo. Dormimos peor, rumiamos más los problemas y sentimos que no descansamos aunque estemos en la cama.
Gestionar, no evitar
El mensaje es claro: el estrés en pequeñas cantidades ayuda; en exceso, enferma.
Aprender a descansar, respirar profundo, moverse con regularidad y expresar lo que sentimos no es un lujo, es una necesidad biológica. Son herramientas que ayudan a que esa alarma interna se apague y el cuerpo recupere su equilibrio natural.
Como siempre: no se trata de evitar el estrés, sino de aprender a gestionarlo.