Hay edificios que se levantan con cemento, hierro y vidrio. Y hay otros que, además, se levantan con recuerdos, pérdidas, afectos, batallas íntimas y una idea obstinada del futuro. El nuevo edificio del Multimedio Nuevo Diario, LV11 y el Multi Stream, en la esquina de Libertad y Olaechea, pertenece a esa segunda categoría. Por eso, al contemplarlo, no pienso primero en la obra, ni en su modernidad, ni en su diseño, ni siquiera en su imponente presencia frente al Parque Aguirre. Pienso en otra cosa. Pienso en lo que significa.
Para alguien como yo, que lleva buena parte de su vida entre redacciones, cierres, urgencias, entusiasmos y desvelos, esta nueva casa no es simplemente una mudanza. Es una señal. Es una confirmación. Es la prueba concreta de que un legado puede mantenerse vivo sin convertirse en pieza de museo. Y eso, créanme, no ocurre todos los días.
Nuevo Diario nació en 1991 por inspiración de don José María Cantos, en la esquina de 9 de Julio y 25 de Mayo. Ya funcionaba allí LV11. Todo era más rudimentario, más áspero, más heroico. Los periodistas escribíamos en una redacción contigua al galpón donde se imprimía el diario. El ruido de las máquinas era una tortura. No exagero. Era un estruendo persistente, una vibración de hierro y tinta que se metía en la cabeza mientras uno intentaba pensar, redactar, corregir, buscar una mejor palabra, cerrar una edición. Hacer periodismo en esas condiciones era, a veces, una pequeña hazaña cotidiana.
Y, sin embargo, nada nos impidió sacarlo adelante.
Eso también fue Nuevo Diario desde el comienzo: una voluntad más grande que las incomodidades, una convicción más fuerte que los límites materiales. Había algo allí, desde el primer día, que iba más allá de la precariedad o el esfuerzo. Había una idea. Una fe en la comunicación. Una decisión que tomar. Una certeza de que Santiago del Estero merecía una voz propia, potente, profesional, influyente. Ese impulso original, con los años, se volvió identidad.
Yo me fui en 1992 por otros caminos. La vida, como suele pasar, me llevó por otros rumbos. Pero regresé en 2003 y permanecí hasta 2005. Ya entonces, José María Cantos, hijo, administraba el diario bajo la tutela de don Cantos, su padre. Y en aquellos años me encomendó una tarea que recuerdo con especial cariño: la creación de una revista que, a la postre, se llamó Cambio. No pudo haber tenido mejor nombre. Porque representó precisamente eso: un cambio. Un movimiento. Una apuesta. Una señal de que el medio no estaba dispuesto a resignarse a repetir fórmulas, sino que quería pensar nuevos formatos, nuevos lenguajes, nuevas posibilidades.
Seguíamos, claro, en el viejo edificio de 9 de Julio y 25 de Mayo. Pero ya se respiraba algo que después se haría mucho más visible: la voluntad de evolucionar sin romper con la esencia.
En 2005 me fui a España. Otra vez la vida me puso lejos. Y un día, un primero de enero de 2013, José María me ofreció volver al diario como jefe de Redacción. No tuve nada que pensar. Accedí inmediatamente. Volví a mudar de país. Volví a cambiar de horizonte. Y el 10 de marzo de aquel año pisé nuevamente suelo argentino para regresar a una casa que, de algún modo, nunca había dejado de habitar del todo.
Desde entonces ha transcurrido más de una década. Y en ese tiempo hicimos muchas cosas. Todavía nos considerábamos jóvenes. Teníamos fuerza, historia y trayectoria. Conservábamos el impulso, la ambición sana, la idea de que podíamos ser agentes de transformación. En lo personal y desde lo personal. Sin perder de vista el equipo. El medio. Los medios. La competencia. El vértigo de una época que nos exigía cambiar sin dejar de ser quienes éramos.
Después la vida volvió a meter la mano.
A los 48 años enfermé de cáncer. Lo digo con la serenidad que da el tiempo, pero no sin memoria. Seguí trabajando, aunque ya no con las ventajas de la salud plena. Seguí como pude, como saben seguir los que entienden que el trabajo no es solo una obligación, sino también una forma de afirmarse frente al dolor. Y en ese tramo duro de mi vida, la empresa no solo me sostuvo: me empujó. Fue respaldo. Fue aliento. Fue compañía. Cuando uno atraviesa una enfermedad grave, aprende a distinguir con mucha claridad quién está y quién no está. Y yo no olvido eso.
Tampoco olvido el día en que falleció don Cantos.
Lo recuerdo con una nitidez que todavía duele. En medio de mi desolación, cuando sentí que algo enorme se quebraba y que acaso todo quedaba a la intemperie, abracé a José María. Y en un consuelo al revés —porque a veces los consuelos más hondos nacen de quienes están más heridos— me dijo una frase que nunca más se fue de mí: “Hay que seguir su legado”.
No dijo “hay que resistir”. No dijo “hay que aguantar”. No dijo que hay que conservar. Dijo algo mucho más importante: hay que seguir. Y seguir un legado no es repetirlo como un eco vacío. Es comprenderlo, honrarlo y proyectarlo. Es llevarlo más allá de quienes lo fundaron. Es impedir que se vuelva nostalgia estéril. Creo que ahí estuvo, y sigue estando, el corazón de todo.
Con el tiempo, José María me fue diciendo otras cosas que hoy cobran una dimensión especial frente a este nuevo edificio. Me hablaba de la necesidad de ser generosos con las nuevas generaciones. De entender que el legado verdadero no consistía en aferrarse al pasado, sino en volverse cantera. Cantera de experiencia, de ideas, de criterio. Que los jóvenes aprendan y ejecuten. Que tomen la posta. Que hagan lo que nosotros ya no podemos hacer del mismo modo, pero con el sostén de lo aprendido. Eso también es una forma de inmortalidad.
Y entonces uno entiende que el nuevo edificio del Multimedio, este edificio modelo, de última generación, vidriado, luminoso, abierto a la ciudad y al paisaje del Parque Aguirre, no representa un simple salto tecnológico ni una mejora edilicia. Representa una manera de pensar.
Así como don José María Cantos fundó Nuevo Diario sobre un edificio vetusto, su hijo levantó una sede a la altura de un tiempo nuevo. Pero el mensaje, en el fondo, sigue intacto. La visión sigue intacta. Cambió la arquitectura. Cambió la tecnología. Cambiaron los soportes, las pantallas, las velocidades, los formatos. Lo que no cambió fue lo esencial: la inteligencia para comprender que la comunicación pública solo tiene futuro cuando se apoya en raíces profundas y al mismo tiempo se anima a mirar más lejos.
Eso, para mí, vuelve único a este nuevo hogar.
Porque aquí no hay un culto a la novedad por la novedad misma. No hay una demolición soberbia de lo anterior. No hay una idea de progreso que venga a burlarse de los viejos, de los veteranos, de los que venimos de la tinta, del plomo, del estruendo, de la madrugada y del papel. Al contrario. Aquí hay una síntesis. Un diálogo. Una madurez. Una comprensión de que las nuevas generaciones no vienen a reemplazar a las viejas como quien tira una herramienta gastada, sino a continuar una tarea con otras herramientas y otra energía.
Yo mismo, con humor y algo de ternura, hablo a veces de nosotros como de “los dinosaurios”. Pero hasta los dinosaurios tienen algo para enseñar cuando no se vuelven fósiles del ego. Pienso en el ágora griega. Pienso en ese sabio que ya no corre como antes, que ya no tiene la misma fuerza física, que acaso ya no puede ejecutar todo, pero sabe. Sabe ver antes. Sabe interpretar. Sabe prevenir. Sabe transmitir. Y frente a él aparece el discípulo, con el vigor, con el impulso, con el hambre de hacer. Cuando esas dos potencias se encuentran sin mezquindades, ocurre lo mejor. No solo para una empresa. También para una comunidad.
Por eso digo que la gran enseñanza del nuevo edificio del Multimedio no está en el vidrio ni en la comodidad ni en el último adelanto técnico. Está en la visión. En el visionario. En la decisión de entender que una empresa periodística no se salva solo comprando tecnología, sino construyendo continuidad. Dándole sentido a lo heredado. Haciendo que la experiencia no sea un estorbo y que la juventud no sea una decoración. Integrándolas. Haciéndolas trabajar juntas.
Hoy, cuando miro ese edificio de Libertad y Olaechea, no veo solamente una obra. Veo una historia que no se resignó a convertirse en recuerdo. Veo a don Cantos en su impulso fundador. Veo a José María en su empeño por volver eterno el legado. Veo a los que estuvimos desde hace mucho y a los que llegaron después. Veo mis años, mis idas, mis regresos, mis entusiasmos, mis dolores, mi enfermedad, mis aprendizajes. Veo, incluso, a ese hombre que un día creyó que todo estaba perdido y encontró, en medio del duelo, una frase para seguir caminando.
“Hay que seguir su legado”.
Tal vez de eso se trate, en definitiva, esta inauguración. No de celebrar ladrillos ni de maravillarse con una fachada. Sino de comprender que hay obras materiales que solo adquieren verdadero valor cuando condensan una herencia moral, una cultura de trabajo y una voluntad de trascendencia. Este nuevo hogar de la comunicación santiagueña vale por lo que expresa, no solo por lo que muestra. Y lo que expresa es formidable: que se puede avanzar sin traicionar el origen; que se puede abrir el futuro sin clausurar la memoria; que se puede hacer lugar a los jóvenes sin empujar al olvido a quienes todavía tienen algo valioso que dar.
En tiempos donde casi todo se vuelve descartable, eso no es poca cosa. Es, acaso, la lección más honda de todas. Y también, para quienes hemos vivido esta historia desde adentro, la más conmovedora.