Cuando en el año 1970 licité la Radio LV11 (la antigua Radiodifusora del Norte), lo hice lleno de optimismo, no solo por ser esa la naturaleza con la que siempre emprendí mis empresas, entendiendo que las cosas que se hacen con convicción y tenacidad siempre tienen buenos resultados, sino también porque sabía que la emisora que ponía podía cobrar mayor trascendencia que la que tenía para llegar a todos los santiagueños con nuevas y variadas programaciones que los tiempos estaban exigiendo. Sobre todo, teniendo presente que la televisión era un medio incipiente con el que había que empezar a competir, aunque en ese tiempo los programas televisivos recién comenzaban en horas de la tarde porque las cintas llegaban en avión, mientras que la radio tenía una transmisión más prolongada.

era para los santiagueños como el pan nuestro de cada día. En todas partes —en la ciudad, en el campo, en los lugares más recónditos— llegaba la voz de la radio para informar y entretener. Nadie puede olvidar los programas ómnibus musicales, el “Alero Quichua Santiagueño” y las novelas radiales que ganaban la atención de las amas de casa, entreteniéndolas a la hora de la cocina. Es decir, LV11 entraba en los hogares como “una visita ansiosamente esperada”. Todo esto me hacía pensar que la radio no tenía que perder esa condición de “familiaridad” con la gente, no digo con los oyentes, porque el lazo no era algo frío entre receptor y emisor, sino que era un contacto de profunda relación comunicacional. Como digo, LV11 era una parte más de las necesidades de la familia. Con esa perspectiva de estrechar a la radio con la gente —y viceversa—, nos lanzamos a poner en el aire nuevas programaciones, con una dinámica ágil, directa, que trataba de conformar las expectativas y necesidades de los santiagueños que tenían en la radio el elemento de informarse, de estar al tanto de todo, de entretenerse, era el medio de comunicación por excelencia, porque no solo se la escuchaba en una casa, sino en cualquier parte con una radio portátil, hasta en las canchas de fútbol para seguir el relato de los comentaristas y ponerle más emoción al partido, o los hacheros en el monte, colgando de la rama de un árbol el receptor, para sentirse acompañado en medio de su ruda tarea.

En fin, con los años, nuestro sueño de hacer crecer a LV11 se fue cumpliendo con creces, porque no solo se modernizó con equipos de primera generación y largo alcance, sino que fue apegándose más a los santiagueños, y hoy por hoy, las pruebas están a la vista con la gran cantidad de testimonios que estamos recibiendo de tantos comprovincianos que ponen de resalto lo que significó y significa LV11 en sus vidas.

En este día en que celebramos los 48 años de la emisora, solo quiero decirles a mis comprovincianos, que LV11 seguirá siendo “La Radio de los Santiagueños”, receptando todas sus inquietudes y brindándoles un servicio que colme sus expectativas.

Por mi parte, a esta altura de mi vida, considero que he cumplido con una etapa en el manejo de los medios que fundé, y si bien no dejo de estar ligado a esta empresa que emprendí hace largos años y que sigo queriéndola como el primer día, he depositado en manos de mi hijo, José María Cantos (h), la responsabilidad de la conducción de la misma, porque simplemente se trata de una lógica e inevitable transmisión generacional, una transición natural para que se proyecte vigorosa en el tiempo.